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Jaume Bauzá


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  • 20
    Abril
    2014

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    Cobardía

    Futbolistas y accionistas se han borrado. Unos porque no pueden con la presión del ascenso y otros, con Serra a la cabeza, porque no pueden con las críticas de la afición

     

    Los futbolistas no han podido con la presión del ascenso. Y los accionistas, con Serra Ferrer a la cabeza, no pueden con las críticas de la afición. Unos se han inhibido cuando había que dar la cara en el terreno de juego, y otros cuando había que darla en el palco. Esto es el Real Mallorca, un equipo descompuesto y un club en descomposición. Los futbolistas se irán a final de temporada protagonizando una desbandada sin precedentes, para tranquilidad de un Biel Cerdà que no tendrá que echar mano de un ERE para limpiar el vestuario. El drama es que nada garantiza que los actuales accionistas se marchen. Hace mucho tiempo que las reyertas del principio transformaron en odio. Ya no les importa el club, ni las acciones, ni el poder. Solo destruir al rival, ver pasar el cadáver del enemigo, resistir a toda costa. El palco desierto es una tomadura de pelo a la afición, ansiosa de pedir cuentas a los responsables del desastre. Pero no todos tienen la misma culpa.

    La debacle de serra ferrer
    Serra Ferrer se erige como el gran causante de esta calamidad. Se rodeó de accionistas con los que luego abrió una guerra fratricida, encumbró al peor directivo que ha habido en la historia del Mallorca por no leer el acuerdo de sindicación con el que se ató a él, llenó el vestuario de futbolistas sin valor en el mercado, regaló a algunos de los que sí lo tenían, descendió al equipo dieciséis años después y diseñó una plantilla que en lugar de pelear por volver a la elite consume la temporada mirando a Segunda B. Al pobler le queda dentro y fuera del club una reducida corte de aduladores que todavía le ríen las gracias, pero los resultados de su gestión son transparentes para cualquiera que los quiera ver. Hizo un largo e incómodo viaje para ver al equipo en Ponferrada, pero evita a toda costa sentarse en el palco de Son Moix. El mallorquinismo nunca olvidará que cuando el pobler debió dar la cara, se escondió.

    Una afición desertora
    Es comprensible que los aficionados estén cansados y desilusionados. Y es una crueldad que además de malos resultados tengan que soportar que su club esté presidido por un sujeto como Biel Cerdà.  Pero eso no justifica que solo 7.500 espectadores presenciaran ayer en directo un encuentro en el que el Mallorca se jugaba la última bala para engancharse a la lucha por el ascenso. Es difícil encontrar en España una afición tan indiferente con lo que sucede con su club. Y a una Federació de Penyes tan sumisa, pasota y complaciente con el poder.

    Las dos caras del infierno
    La crisis deportiva e institucional es evidente. La económica lleva tiempo germinando y en breve explotará. El infierno es diferente según quien se lo imagine. Para los aficionados es un descenso a Segunda B, para los futbolistas es no cobrar a final de temporada. Y ambas cosas pueden ocurrir en junio. El sábado aguarda en Vitoria un Alavés que se aferra a la categoría con uñas y dientes, uno de esos rivales que, a diferencia del Mallorca, se dejan el físico y el alma sobre el césped. Mendizorroza será una ratonera y agotadas ya todas las excusas y los argumentos, Ximo se encomendó ayer a la ayuda divina.
     
    Último tren para el palma 
    El Palma Air Europa se ha colocado al borde de una decepción monumental al perder su primer partido del ‘play-off’ por el ascenso a la LEB Oro. Penden de un hilo las esperanzas de muchos mallorquines en volver a ver baloncesto de altura en la isla. Este curso hay jugadores para ascender, una pista y un importante respaldo social. El conjunto palmesano está al borde del K.O., y si se confirman los peores pronósticos será necesaria mucha paciencia para intentar un nuevo asalto.

     

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