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Gonzalo Martínez Peón

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Puedes ponerte en contacto conmigo en el correo gpeon@epi.es

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  • 11
    Febrero
    2016

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    Viva Francia

    Lo de menos es el asunto y lo importante son las formas de actuar. El Parlamento francés acaba de aprobar la reforma de la ley antiterrorista pactada por el presidente de la República, el socialista François Hollande, y el líder de la oposición, su antecesor en el cargo y aspirante a sucederle Nicolas Sarkozy. A un acuerdo semejante, en España le seguiría una anodina y aburrida sesión parlamentaria refrendada por una votación unánime de todos los diputados de esos partidos. Pero nada de eso ocurrió en Francia. Nada menos que 83 diputados socialistas votaron en contra y otros 36 se abstuvieron. En las filas de la derecha fueron 74 los que rechazaron la nueva ley y ocho los que se abstuvieron. Si ocurriese algo así en España de inmediato se exigiría la dimisión de esos líderes tan ridículos que dejan que sus diputados se rían de ellos. Si los díscolos fuesen pocos y de uno solo de los partidos, se les tacharía de vendidos y se exigiría su expulsión del partido y su desaparición de la vida pública para siempre jamás.

    Francia no es el único país donde se pueden ver votaciones similares sin que nadie se rasgue las vestiduras. Los dos últimos grandes primeros ministros del Reino Unidos, Margaret Tatcher y Tony Blair, tuvieron que dejar sus cargos no tras perder unas elecciones sino después de sus propios diputados entendiesen que su etapa ya estaba agotada y les llevaban al estrelladero.

    El Parlamento español está ahora atascado a la búsqueda de un presidente del Gobierno para el que no salen los números de ninguna manera (salvo que el PSOE acepte el apoyo de los independentistas) a causa del bloqueo de unos partidos a otros. La dirección del PSOE no quiere saber nada de Rajoy. Y el PP tampoco de Sánchez. Si los diputados fuesen libres, la capacidad de bloqueo de los aparatos de los partidos se vería muy limitada. Para empezar a Sánchez ni se le pasaría por la cabeza una alianza con los independentistas, aunque fuese de tapadillo, porque se le irían muchos de los suyos. Y Rajoy ya se hubiese ido a su casa porque sus propios diputados serían conscientes desde el primer momento de que sus únicas posibilidades de seguir en algún tipo de Gobierno pasarían por presentar un candidato, propio o independiente, que los otros partidos pudiesen aceptar.

    La libertad siempre es buena y el control de los aparatos de los partidos (véase los líos de Pablo Iglesias con sus líderes regionales a los que no deja ni mover una ceja) la más vieja y rancia de las políticas.

     

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