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Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos, periodista. Amante del cine, la música y los libros. Director y presentador de 'A día de hoy', 'El Submarino' y 'Metrocine' en Metrópolis FM. Colaborador en diversos medios radiofónicos y escritos como experto en cine y series. El cine es el primer arte,...

Sobre este blog de Cine

Comentarios y críticas de los estrenos cinematográficos más importantes que se produzcan cada semana. Sirva este blog como acuarela donde, para gustos, los colores.


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  • 07
    Septiembre
    2011

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    La piel que habito - Culpables y víctimas

     


     

     

    Antonio Banderas cierra la puerta de esa cárcel disfrazada de habitación. Se queda ensimismado observando una pantalla gigante desde la que Elena Anaya le observa con unos ojos que gritan secretos que solamente intuimos, que no somos capaces de comprender hasta que las cartas se vuelcan y muestran su verdadero rostro. No existe en 'La piel que habito', la nueva obra, con mayúsculas, de Pedro Almodóvar, una escena que resuma de manera más explícita la clave de su existencia y, finalmente, éxito. El minimalismo de una escena que esconde tras la mirada del personaje de Anaya y la caricia furtiva de Banderas toda la grandilocuencia que puede albergar el torrente de sensaciones de dos personas observándose en silencio, hablando y juzgándose con los ojos.

     

    Película de la que se hace imprescindible no desvelar absolutamente nada de su trama, auténtico laberinto repleto de flashbacks, giros y sorpresas, 'La piel que habito' supone, por encima de cualquier otra cosa, el trabajo más radical de un autor, aquí el término es indiscutible, empeñado en  reinventar su obra a cada paso. Pocos podían esperar que tras su infravalorado melodrama, 'Los abrazos rotos', Almodóvar se atreviera con una película tan salvaje en contenido y austera en forma como esta montaña rusa de géneros donde el terror, el drama y el thriller se dan la mano de una forma tan brutal, desquiciada y, finalmente, brillante. Auténtico salto al vacío de un realizador que podría haber sucumbido a la rutina, algo que sus detractores se han empeñado en afirmar desde que entrara en la temida “fase de madurez” de todo cineasta, pero que, sin embargo, continúa interesado en experimentar, en dar forma a historias que solamente alguien como él podrían salvar de lo delirante. Todo está perfectamente medido, cada plano respira elegancia, cada movimiento de cámara tiene su función en una nueva muestra de dirección que vuelve a situar a Pedro Almodóvar como lo que realmente es, el mejor director de nuestro país. Un autor que ha sabido crecer al mismo tiempo que su universo, dando forma a un adjetivo, “almodovariano”, que está mucho más presente de lo que parece en su nueva película.

     

    'La piel que habito' esconde tras cada una de sus esquinas, que son muchas y variadas, las mismas obsesiones que siempre han rodeado el universo del creador manchego: las relaciones familiares, la figura de la madre, el perdón y, sobre todo, la venganza. Todo eso se encuentra en una película que camina constantemente sobre la fina cuerda que separa lo excesivo de lo ridículo, aumentando el valor, si cabe, de su triunfo final. Apoyada por las interpretaciones de sus protagonistas principales, un notable Antonio Banderas desprovisto de cualquier tic reconocible, y, sobre todo, una excelsa Elena Anaya que demuestra lo que debe ser el carisma y presencia en cada escena, Almodóvar se la juega sin pensarlo con una historia que dividirá opiniones, ante la cual es imposible quedarse indiferente, que horroriza o cautiva e, incluso, las dos cosas. ‘La piel que habito’ es, y debería suponer, un punto de inflexión en una filmografía poblada de grandes películas que parecen haber ido sumándose hasta dar como resultado este trabajo número dieciocho, la mayoría de edad de un realizador que ha decidido mostrar al desnudo su mensaje más contundente. Un trabajo repleto de escenas que se anclan sin excesiva dificultad en la cabeza, que te hace abandonar la sala con desasosiego, tensión e incomodidad, con el poder que solo tienen las grandes películas de crear debate, pasión y odio a partes iguales. Parece difícil que este año nuestro cine ofrezca una imagen con mayor poder que la que se describía en el primer párrafo. Almodóvar desviste a su criatura, aquí llamada 'La piel que habito' con precisión y sofisticación y, al mismo tiempo, la disfraza con una mínima expresión que esconde todo lo excesivo, confuso y salvaje que puebla la mente del ser humano ante el dolor. Esa mirada de Vera. La caricia del creador. Ambos monstruos, culpables y víctimas. La venganza del silencio que siempre precede a una tormenta.

     

     

     

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