Blog 
Pantalla Grande
RSS - Blog de Alberto Frutos Díaz

El autor

Blog Pantalla Grande - Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos, periodista. Amante del cine, la música y los libros. Director y presentador de 'A día de hoy', 'El Submarino' y 'Metrocine' en Metrópolis FM. Colaborador en diversos medios radiofónicos y escritos como experto en cine y series. El cine es el primer arte,...

Sobre este blog de Cine

Comentarios y críticas de los estrenos cinematográficos más importantes que se produzcan cada semana. Sirva este blog como acuarela donde, para gustos, los colores.


Archivo

  • 21
    Abril
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    'To the wonder' - Triste belleza

     Cuando tu anterior película es 'El árbol de la vida', no debe ser fácil. Nada fácil. Dudo mucho que Terrence Malick, por más extravagente y huraño que pueda ser, por más que se aleje de las multitudes, entregas de premios y fiestas organizadas para codearse con estrellas del star system, fuera ajeno al aluvión de comentarios, alabanzas, críticas, insultos, polémicas y aplausos que consiguió su anterior film. Estafa para muchos, obra maestra para otros, desafío a la narrativa cinematográfica contemporánea, poema para elevar los sentidos, aquella película hablaba sobre TODO, la existencia, la creación del universo, la niñez, el paso a la adolescencia, el mundo adulto, la muerte, Dios, la naturaleza, la educación, la figura materna y paterna y todas las temáticas existenciales que uno pueda barajar como posibilidad para dar forma al complejo puzzle de la Humanidad y su contexto, Malick rodó como nadie hasta entonces el poema cinematográfico definitivo. Para un servidor, la película que mejor define el concepto 'obra de arte', un trabajo monumental en todos los sentidos en el que, si entrabas, era imposible que salieras, que te llevaba hacia otro nivel, que cambiaba tu visión de las cosas, que te hacía reflexionar desde el interior todo lo que acontecía en el exterior. Una de esas películas que no se estrena, sino que existen. Con todo lo que eso supone. Malick, cineasta que para entonces atesoraba la etiqueta de autor pero que la convirtió en personal e intransferible, repite concepto formal en 'To the wonder', aunque esta vez decide centrarse en tres únicos temas. El amor, el desamor y la religión. Casi nada. 

     

    Con semejantes protagonistas argumentales y el talento ya demostrado de su director para conseguir poesía de los sentimientos y las sensaciones humanas, uno espera una obra maestra, una película que se inyecte en el cerebro y no lo abandone, que potencie la experiencia de estar en una sala de cine, que repita los efectos, primarios y secundarios, la huella que dejan casi todos los trabajos de Malick. Pero no, por desgracia, no sucede. Cuidado, tampoco estamos ante el desastre que muchos se han encargado de vendernos, 'To the wonder', no es el horror anunciado pero tampoco la gran película que uno espera. La indiscutible potencia y belleza de sus imágenes, maravillosas, absorbentes, hipnóticas, continúa presente, demuestra una vez más que nadie, absolutamente nadie, tiene la capacidad de enseñarnos lo que nos rodea con la poética magia del director estadounidense (y la inestimable ayuda de la fotografía de Emmanuel Lubezki), pero es el núcleo de la historia lo que no termina de funcionar. La pasión y el éxtasis que relacionamos con el inicio de una historia romántica, las dudas, los anhelos, los conflictos que se suceden en el momento en el que la rutina y las circunstancias empiezan a convertirse en enemigas implacables, las mentiras, la confusión, la tristeza que aparece cuando se descubre que el amor se convirtió en necesidad, el cariño en artificio, la estabilidad en puente quebradizo. Todo eso está presente en 'To the wonder' y, sin embargo, no termina de calar en un espectador que presencia un, otro, poema visual de altísimo vuelo pero en el cual los paisajes se suceden sin dejar ecos en el cerebro y, mucho peor, en el corazón.
     
     
    Belleza gélida, 'To the wonder' esconde auténticos hallazgos, una rosa roja en la nieve, superviviente, alicaida pero fuerte, una danza repleta de metáforas y belleza a lo largo de un supermercado, un mar sobre el que los amantes pueden caminar, desprovistos de miedo alguno, una mínima luz en la oscura soledad de un bosque, el desierto en el que se puede convertir un metro plagado de gente, lo bello y lo triste que puede ser una ciudad como París cuando la mirada está influida por unos u otros sentimientos. Ben Affleck, Olga Kurylenko y Rachel McAdams, el personaje menos logrado del triángulo amoroso, pululan como fantasmas por un mundo repleto de luces y sombras, de grandes espacios y cárceles mundanas, de caricias y gritos. Javier Bardem, interpretando a un párroco con problemas de fe, termina cerrando el círculo, dando sentido a su personaje y al global de la película, en un desenlace soberbio, a la altura del mejor Malick, repleto de cenizas, autoconvencimiento y melancolía. Sensaciones que resuenan en la cabeza de los personajes con la misma fuerza que uno desearía que lo hicieran en la suya. Ecos del pasado, dolor real y aeropuertos vacíos. Y su triste belleza. 

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook