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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 16
    Mayo
    2013

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    Viajar en tren

    Cuando éramos jóvenes Susana y yo viajábamos en tren con relativa frecuencia. Recuerdo viajes deliciosos a A Coruña, Santander, Donostia, Burgos, Ávila Zaragoza o Barcelona. En Donostia siempre nos esperaban Pili y José Ramón, y era como si de repente se nos hubieran abierto las puertas de la felicidad. Entonces, y estoy seguro de que ahora también, un viaje en otoño por Castilla, por ejemplo desde Ávila a Salamanca, al atardecer, tenía el encanto de ser espectador durante dos horas de los colores del campo, de observar la línea del horizonte como un límite pero a la vez como una promesa. Cualquier viaje en tren, por corto que sea, puede ser el origen de una experiencia memorable, entre conversaciones agradables y miradas no tan sólo tiernas sino también indagadoras del entorno. Con el tiempo, mios viajes en tren por España se fueron espaciando, pero he podido saborear lo delicioso que puede ser ir de Leiden a Amsterdam, o de Berlín a Dresde o Hamburgo. A pesar de haber nacido en Mallorca, sigo prefiriendo el tren al barco, aunque las llegadas por mar tengan tanta fuerza imaginativa. Si recuerdo mi infancia, las pocas veces que fui en tren desde Marratxí a Ciutat fueron maneras de abrirme a una nueva manera de mirar, como descubrí después, no sólo en mi entendimiento sino a través de los documentos de otros, como en la foto de Hausmann que figura al margen. El tren nunca es monótono, porque hay algo que vibra en el corazón de las personas cuando pueden observar el paisaje desde la cómoda butaca de un vagón. Los árboles, las nubes, los caminos que desaparecen a lo lejos, las personas que vemos en las estaciones de la ruta, y tantas posibilidades que dispone el azar, convierten el tren en un observatorio de la vida. Aquel atardecer de noviembre, de Ávila a Salamanca, la puesta de sol pintando el paisaje de rosas y naranjas sobre la languidez de los campos otoñales, es un recuerdo que permanece ahí, como algo muy vivo en la memoria que se sostiene en el tiempo, por muchas que sean las tormentas que uno haya tenido que soportar después, a lo largo de la vida. Ahora, con los recortes, la línea de ferrocarril entre Ávila y Salamanca dejará de existir.

     

    Fotografía (parcial): Hausmann, 1948

     

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