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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 03
    Abril
    2013

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    Un mundo en el camino

    Hay que salir de Ciutat dos o tres veces por semana,  y caminar por Ses Clotes, en donde el valle es tan preciso como un mundo completo. Por el horizonte hay un rebaño de nubes blancas de forma perfilada, globos voluminosos ligeramente chafados como elipsoides irregulares que vuelan hacia el norte. Los almendros están muy verdes ya, pero algunos han muerto, y producen una sensación de desamparo, porque el almendro es un árbol de necesidades tan limitadas que su generosidad de décadas con nuestros antepasados merece todo nuestro respeto. A mí me gusta mucho tocar el tronco, acariciar la rugosidad pronunciada de algunas ramas, contemplar las bifurcaciones caprichosas que me recuerdan las ilustraciones de Gustavo Doré en aquellos libros antiguos de las modestas bibliotecas de mi infancia. Los tres perros que hay en un cercado a la derecha del camino ya no me ladran, porque con los años han acabado por conocerme, y mi voz les debe de resultar casi familiar. Perdura la costumbre ancestral de que los animales domésticos no necesitan afecto, que en el ámbito rural alcanza aún su punto más alto, desafortunadamente. Unos metros más allá hay varias higueras con ramas llenas de brotes verdes, verdes de verdad, no como los supuestos brotes verdes de la economía española, que algunos se empeñan en imaginar, a pesar de que las evidencias señalen  lo contrario. Es un auténtico milagro que en una o dos semanas empiecen a brotar las higueras, y que a la vez lo haga un árbol del amor que hasta ahora no había visto nunca, cerca del punto en que el camino grira a la izquierda, que parece haber salido de la nada, solitario y fugaz, porque cuando deje de estar en flor desaparecerá como si nunca hubiese existido. Las margaritas tapizan el valle, blancas y amarillas, mezcladas al azar por la naturaleza. Me fijo en el tronco hueco de un almendro. Es una inmensa caverna por cuyas paredes trepa una graciosa lagartija. Escucho el balido de las ovejas de Son Caulelles y el trino de los pájaros, una sonata entreverada de otros sonidos: el ladrido de un perro, el roce de las hojas al paso de la brisa. Hace días que intento descubrir la melodía del primer ruiseñor.     

     

     

     

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