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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 10
    Octubre
    2015

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    Parc Natural de Mondragó

    Un baño de otoño, y un niño rubio

    Llegamos a la playa bordeando la costa. Desde S'Amarador este paisaje es lo que debían de ver nuestros abuelos los días en que podían mirar despojados de obligaciones, esa brizna de libertad que siempre le queda a un ser humano. Llegamos a la playa y nos sentamos en una pared seca, mirando el mar. Una chica leía un libro, tumbada en la playa, y nadie se bañaba. Toni fue el primero, y luego se le unió Juan, que se puso el bañador con lentitud después de colocar con mucho cuidado la ropa en la mochila. Nosotros nos quedamos mirándoles, sin atrevernos a seguirles, quizás porque estábamos muy cómodos, descansando, después de varias horas de camino, aunque la excursión había sido muy fácil. Toni entró y salió del agua enseguida, pero Juan nadaba hacia la casa del fondo, que parece estar ahí como un faro que alumbra y habla: esto era lo que había antes, esto era lo que veían vuestros antepasados, un esbozo de eternidad, casi en el punto cero de la introspección. Juan se adentraba en el mar, como si hubierra caminado tan sólo para gozar del momento, su cuerpo en el agua flotando como si formara parte de ella. Este breve período de tiempo, con su aura de placidez, es lo que se me ha quedado el día después: Juan adentrándose en el mar y mostrándonos en qué consiste la plenitud: lo elemental que se eleva desde cada uno de nosotros para hacernos existentes. Después, salió y se secó sin aspavientos, sin quejarse del frescor de la brisa. La chica se incorporó levemente y cambió su postura para acercar el libro a sus ojos. Los ocho empezamos a andar de nuevo, uno tras otro, y al pasar por delante de un hotel, un niño rubio que iba en bañador se nos quedó mirando con cara de sorpresa. Pertrechados con nuestras grandes mochilas a la espalda, nuestros zapatones polvorientos, nuestros bastones gastados, las gorras protectoras, aquel niño rubio nos estaba mirando con expresión de perplejidad, como si fuésemos marcianos.

     

     

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