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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 30
    Diciembre
    2012

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    Un amanecer nada especial

    Cuando amanece, Ciutat es una ciudad cualquiera, y en esta circunstancia uno no está en ningún sitio: es un ciudadano del mundo. Desde la ventana, un edificio se sitúa en la visual del este. Aún no hay signos de deslumbramiento, pero ya hay brillo por donde va a salir el sol, y es un brillo de cenizas junto a un rescoldo vivo. Los árboles están muy quietos, pasan pocos coches, y las farolas están aún encendidas. Compruebo que por fin la tapa rota de la arqueta de cables telefónicos ha sido cambiada. Un vecino sale de su portal con las manos en los bolsillos. Los árboles del amor de la acera empiezan su largo invierno, cabizbajos y sedientos. De vez en cuando los vecinos vertemos ceremoniosamente botellas de agua en los parterres. Quien más lo hacía, el propietario del bar de abajo, un granadino amable y alegre, contribuyó a su crecimiento cuando más lo necesitaban: en la fase inicial, justo después de que el ayuntamiento los hubiera sembrado y olvidado. Mejor están los cipreses, aunque su porte no es el adecuado para sobrevivir pegados a un lateral del supermercado. El edificio que me tapa la salida del sol tiene varias ventanas abiertas, y algún día la fachada fue de color crema, pero ahora la crema está llena de heridas y se ha disuelto en el pasado para siempre. En la terraza hay un gran tendedero: se ven las cuerdas unidas en sus extremos a rectángulos metálicos, y a la derecha hay tres depósitos cilíndricos de agua situados sobre una torreta. Un señor y su perro caminan con ligereza; cruzan el paso de peatones mirando a derecha e izquierda: no hay peligro. No estaría mal el límite de treinta por hora para los coches: los peatones podrían disfrutar más de la ciudad. El autobús va casi vacío. Lo que uno se propone un domingo por la mañana es tan elemental que quizás en ese proyecto improvisado se resume el ocio: tomar café, caminar sin rumbo, comprar el periódico de papel y mirar la portada como quien abre con cuidado la puerta de un lugar desconocido. Ya se ven los primeros signos del sol: hay unas nubes pequeñas y alargadas que empiezan a colorearse, un pequeño escuadrón de cirros inmóviles que se acaban de despertar. Vuelan algunos pájaros, pero no es éste su paisaje preferido. Una gaviota aletea con fuerza y se acerca a mi ventana. De repente levanta el vuelo, majestuosamente.

     

     

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