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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 03
    Enero
    2013

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    Réquiem para los últimos gorriones

    Queda un pino, por fortuna. El arquitecto del supermercado quiso preservarlo de la destrucción sistemática a que se suelen someter casi todos las huellas del paisaje. Así que ahí está el pino, como un superviviente, detrás de la barrera del aparcamiento, dando cobijo a los gorriones a la caída de la tarde. Los oigo piar, ocultos entre las ramas, refugiándose de la ciudad que los rechaza como si fueran innecesarios. En las afueras, todo se ha hecho de cualquier manera, sin pensar en los ciudadanos, sin tener en cuenta que la vida en una ciudad ha de ser un sutil equilibrio entre modernidad y tradición, y que los barrios nuevos han de ser planificados para que la vida sea lo más placentera posible, no sólo para las personas, sino también para los pájaros. Pero aquí se ha seguido como único criterio el criterio de la codicia: favorecer a unos pocos y despreciar a la mayoría. Los gorriones pían, pero lo que interpretan no es una música de la naturaleza sino un canto de despedida. El resto de los árboles del barrio no son como este pino robusto, sino árboles enclenques que no sirven de abrigo a estos seres minúsculos que luchan desesperadamente para no perder sus últimas posibilidades de vida ¿Cómo no recordar que en Berlín desayunábamos hace algunos años en una pastelería a la que llegaban desde los árboles cercanos docenas de gorriones que picoteaban confiados a nuestros pies, y aun sobre la mesa? Dejo atrás el pino y me dirijo a la puerta del supermercado, sorteando a los coches con humor agrio y con agilidad, y cuando ya he dejado de oír a los gorriones surge el sonido del acordeón con sus notas de limbo olvidado. El acordeonista se sienta en el mismo sitio, haga frío o calor, y en su expresión hay un desdén melancólico hacia la vida que se aviene con esta música que parece justamente la más adecuada para ser interpretada en un lugar de paso, cuando los ciudadanos vamos a la compra, o cuando paseamos para huir de una realidad esquiva. Qué se le va a hacer, la melodía del acordeón me ha sugerido un réquiem para despedir a los gorriones, sometidos a la tiranía de los planes municipales. Las afueras de Ciutat sobreviven a duras penas, y entre todos los pájaros de arrabal los que llaman más la atención son las gaviotas, que para mi generación gozan de una buena fama claramente inmerecida que proviene de la compañía que nos hacían en los viajes de regreso en barco cuando éramos estudiantes y leíamos en cubierta los cuentos de Carme Riera, pero que ahora, en estos tiempos de crisis, no hacen más que revolotear sobre los contenedores de basura, impúdicamente

     

     

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