Blog 
Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
RSS - Blog de M Angel Moyà Juan

El autor

Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


Archivo

  • 08
    Marzo
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Peor es no mirar

    La vida en una ciudad es una sucesión de momentos que consumimos a una velocidad que varía según las circunstancias personales. En el tiempo nos construimos y destruimos a la vez, en un tira y afloja que influye en nuestro entendimiento. No lo podemos entender todo, porque no todo se puede ajustar a unas supuestas reglas de la razón. Le doy vueltas a esto mientras camino por calles que son bastante parecidas, con edificios de diferentes alturas y de colores a menudo incompatibles entre sí. Es un horror estético que a fuerza de mirar llega a convertirse en costumbre, y que intento asimilar con algo de comicidad, porque en Ciutat, a uno que sea muy exigente, le acaban dando ganas de pasar de largo desviando la mirada al suelo. Pero no mirar es aún peor, porque es una manera de huir, y entonces nos disolvemos en un pensamiento incapaz de extraer consecuencias del entorno. En el fondo, la ciudad nos abraza y nos rechaza a la vez, y somos cada uno de nosotros los que contribuimos a ello. La indulgencia nos lleva a un tipo de compasión que se transforma en buen humor, aunque sea a costa de aceptar lo inevitable. Llego a la Plaza de las Tortugas. En la acera hay una mujer de mediana edad que se apoya en un bastón. Mira hacia el Borne, en donde los plátanos desnudos parecen estar ya a la espera de la primavera. Después sigo con la intención de entrar en el Gran Hotel para ver los cortometrajes de ‘Ventanas al mundo’. Me siento en una cómoda butaca y me convierto en un espectador interesado en lo que ocurre en otras ciudades aparentemente muy alejadas de la nuestra. Contemplo dos documentales. El primero trata acerca de la vida de las mujeres de una zona rural de Guatemala. Tres generaciones de mujeres nos muestran el lugar en donde viven, su esfuerzo diario, sus aspiraciones y su lucha. Una niña va a pie al colegio. Tarda una hora en llegar, pero va con la alegría de quien quiere saber, y así nos lo comunica: saber es un derecho que nos hace mejores, y ella quiere aprovecharlo. Veo caminar a esta niña y de repente todo es tan sencillo que nos parece imposible que aquí haya tanto fracaso escolar, porque aprender depende de que haya un maestro que quiera enseñar y un alumno que quiera aprender. A pesar del abismo que, aparentemente, nos separa, veo que estas mujeres nos pueden dar algunas lecciones importantes sobre la dignidad humana. El otro documental trata acerca de unos refugiados tutsis que viven en la frontera entre Congo y Ruanda. La vida en el poblado es la experiencia de una interminable sucesión de limitaciones casi imposibles de superar. Las chozas son todas iguales, y la vida es muy difícil, porque se han de contentar con lo poco que tienen, aunque la comida básica les es suministrada por una organización humanitaria. Un niño transporta troncos de madera en una carretilla. Un padre y una madre comentan que sus hijos son ‘prisioneros en casa’. Ella lleva un bebé en brazos, y es una mujer que comunica serenidad, a pesar de las privaciones a las que está sometida su familia. Asistimos a un ritual religioso en una choza grande, en la que el techo de plástico deja pasar una luz amarillenta. En las casa no hay colchones, ni sábanas. Un joven músico dice que el origen de su música está en su propia vida. De mi vida hago música, dice, mientras una chica asegura que en el Congo sigue la guerra, y que no podrán regresar a su hogar de antes. Hay mucha ropa tendida en una gran estructura de madera, y más allá, en las afueras del poblado, unos muchachos juegan a fútbol, vestidos con pantalones y camisetas reglamentarias. Después se reúnen para ver un partido por televisión. Son muy aficionados, como lo demuestra un póster del Arsenal que hay colgado en la pared de una choza. Un joven recita plegarias. Contra mis hermanos no disparéis, dice, y parece que nos lo pide a todos. Salgo a la calle de nuevo, a una calle de Ciutat en la que lo que acabo de ver parece que no encaja, como si hubiera presenciado imágenes de otro mundo, pero aquí también hay personas marginadas por la crisis y por la soledad, agitándose en este magma de indefensión en el que viven los marginados de la tierra. Ahora es cuando definitivamente me parecen más cómicas aún las calles de Ciutat, en cuanto nos alejamos del centro y el orden se diluye, frenéticamente.

    Motivo: Finestres al món. Tres generacions de dones, de Rita Romero, 2008. Vides en trànsit, de Marc Beneria, 2006. Fundació La Caixa

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook