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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 15
    Noviembre
    2015

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    París

    París, tan cerca

    ¿Sabes que no hay noticias de Louis desde el viernes por la noche? He hablado con Marie y está angustiada. François no sabe qué hacer, salvo esperar un poco más, pero sólo un poco más. Hace unos meses vinieron a Mallorca a pasar una semana, y la voz de Anna me comunica una angustia que hago mía enseguida. Camino por el bosque de Bellver, y el regreso a casa es un interminable recuento de sensaciones absurdas sobre lo terrible que debe de ser para Marie y François lo que les está ocurriendo. El viernes por la noche le llamaron a París, me dice Anna, y Louis no contestó. Seguramente no ha llegado aún a casa, pensaron sus padres. A los 28 años, un viernes por la noche, lo más normal es que haya salido a cenar con los amigos; qué joven no aprovecha la noche que anuncia el fin de semana. Marie le envió un mensaje. Pero Louis tampoco contestó al mensaje de su madre. Ella le suele enviar mensajes con relativa frecuencia, y aunque él no los conteste enseguida la respuesta suele llegar al cabo de varias horas. Es que eres una pesada, mamá, le ha dicho infinidad de ocasiones. No nos preocupemos, no está en su casa y con el ruido que suele haber no habrá oído el sonido del whatsapp, se decían el uno al otro, más el padre a la madre, que la madre a él, más callado y reconcentrado, más encerrado en su creciente confusión y temor, ya congoja. La noche fue muy larga, y la contestación a los mensajes no llegó, ni levantó el auricular del teléfono de la casa, y el teléfono móvil parecía sonar en el vacío, como si estuviera abandonado en algún lugar inaccesible. Esperemos a mañana, le dijo él, ya verás que todo tendrá una explicación. Y ahora quien se callaba era ella, después de encender y apagar el televisor una y otra vez. Qué más había que oír. Las noticias eran confusas, pero las calles del atentado eran del centro de París, y por allí andaba su hijo. Qué tenían que hacer, cuál tendría que ser el primer paso para abrirse camino en esta angustia que los atosigaba. Mientras camino hacia casa de regreso de Bellver me acuerdo de la película London River. No, no puede ser, me digo, Louis llamará de un momento a otro, estoy seguro. Y cuando me estoy duchando suena mi teléfono móvil y es la voz de Anna.  A las diez de la mañana Marie se ha puesto a llamar con insistencia: una llamada al móvil cada medio minuto, infatigablemente. No perdía la esperanza ni un solo momento, pero él, François, no hablaba ni se movía, de pie, mirando desde la ventana hacia el exterior, mientras ella, su mujer, insistía e insistía. Y así se sucedieron la una a la otra más de cien llamadas sin respuesta. Finalmente se oyó la voz del hijo, con la resaca del sueño aún, y con la ignorancia absoluta acerca de lo que había ocurrido en París.

     

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