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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 31
    Marzo
    2013

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    Los pies gastados

    Voy hacia la Iglesia de la Sang.  Las cofradías están en la plaza del Hospital General a la espera de que empiece la procesión. Me pongo en la cola para venerar al Crist de La Sang. Es un rito que me recuerda los años de mi infancia. Vamos a ir a poner un cirio a La Sang, decían los mayores cuando había que enfrentarse a algún problema importante. La educación religiosa que recibí no era un repertorio de dogmas sino de costumbres. Tampoco era un código moral sino una letanía de conmemoraciones, y de todo aquello me ha quedado un poso de agnosticismo vigilante. Veo las imágenes religiosas como un intento de dar vida a una mirada profunda, pero casi nunca se consigue. Todo ha de ser imaginado, y quizás el hecho religioso es el resultado de una imaginación que no se pone en estado de alerta, sino que respira los aires conocidos de la tradición no sometida a juicio: la tradición no se somete a juicio, por supuesto, porque de lo contrario no sería tradición, pero en cada acto religioso de los que ahora se celebran hay un acercamiento frustrado a los límites de la naturaleza humana, que son el dolor y la muerte, y que se han transgredido frívolamente para convertir cada conmemoración en fiesta. Y así, sin duda, cada Semana Santa es una fiesta. Después me coloco cerca de la calle dels Oms. Hay muchas personas de todas las edades, aunque predominan las de mi generación. Unos niños se han subido a las puertas de la Misericordia, agarrados a los barrotes. Suben y bajan, y miran divertidos a su alrededor. Seis personas sentadas en un banco de madera de la acera central hablan animadamente. Hay padres que llevan a sus hijos a hombros, y de vez en cuando los tienen que bajar al suelo para descansar. La iglesia de Santa Magdalena es un bulto oscuro que se intuye por encima del muro del convento, y los plátanos desnudos de La Rambla son el fondo vital del cuadro. Los penitentes pasan a ritmo lento, y las tallas destilan tiempo detenido. La tradición religiosa se nutre de un dolor imaginario que se convierte en rito, pero de repente me vienen a la memoria destellos de un Jesucristo que además de redentor es humano: en un poema de Rafael Alberti que me gusta mucho Jesucristo se queja de que los devotos le van erosionando los pies a fuerza de besárselos. A mí me ha quedado el poso de un agnosticismo vigilante, y sobre todo el estupor que siempre me han producido las tres negaciones de San Pedro, negaciones llenas de dolor e impregnadas de los límites de cualquier intento de santidad excesiva.  Me entristecen pero me ayudan a valorar lo terrenal, humanamente.

     

     

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