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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 07
    Septiembre
    2013

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    Llenar los huecos

    El reloj del Institut Ramon Llull está de nuevo en su sitio, y por fin se ha llenado ese hueco que durante días era casi una tristeza, porque nos acongoja constatar que falta algo que ha estado siempre ahí y que de repente ha desaparecido. El reloj entre las palmeras altísimas forma parte de mis costumbres, cuando lo miro desde el autobús aunque no necesite saber qué hora es. Llego hasta la Plaça d’Espanya muy temprano, y las casetas tapadas con lonas blancas y marrones comunican misterio, aunque amortiguado por la luz creciente. Es posible sin embargo que sea tan sólo un añadido de mi imaginación.  Ciutat, al amanecer, es un paisaje urbano que se puebla poco a poco, pero el Mercat de l’Olivar está ahí, bien a la vista, con sus aromas u olores característicos, tan parecidos a recuerdos, y a esa especial sensación de autenticidad que nos lleva a pensar en lo esencial de la existencia humana: las frutas y verduras, la carne y el pescado, una conversación con Beatriz, que me prepara una llampuga, que aquí es tan apreciada, y que sin embargo convertida en lampuga ya no lo es tanto, cuando es más grande y ha viajado por el océano. Camino por Sa Costa de Sa Pols, a la izquierda la ennegrecida fachada de la iglesia de Sant Miquel en la que se puede leer intuitivamente, como si fuera un libro antiguo, lo que han ido dejando los siglos, y luego el escaparate siempre delicioso de la cafetería de la esquina, y al llegar abajo la escalinata solitaria de la Costa d’en Sintes, o Costa de Sa Rata, que nos sugiere una extraña combinación de épocas diferentes. Antes de subir al autobús, me fijo en unos hombres sentados en la Porta de Sant Antoni. Uno de ellos, de pie, habla con mucho énfasis, y los otros le escuchan con atención. Unos metros antes, un hombre solo y meditabundo tiene una lata de cerveza a su lado, en el banco. Siento que la mañana ha surgido de golpe de esta sucesión de mínimas experiencias que jalonan un rato que he conseguido arrancar al tiempo, ahora ya fijado con precisión por el reloj del Institut, casi gozosamente

     

     

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