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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 30
    Marzo
    2013

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    La soledad experimentada como ausencia, y un himno a la alegría

    Nos hemos levantado de madrugada. De camino al aeropuerto siento el cuerpo en tensión, y en la oscuridad parece que lo que nos rodea aún no tiene consistencia. Nos reímos de lo difícil que debía de ser para los viajeros hace algunos años ir al aeropuerto, porque la señalización era tacaña con el nombre Aeropuerto, que ahora por fin aparece después del desvío al Coll d’en Rabassa, y por duplicado. Llegamos en diez minutos, o quizás menos, y nos despedimos enfrente de la terminal de salidas. Después de cruzar el paso de peatones se vuelve hacia mí, deja la maleta en el suelo, levanta el brazo derecho y agita la mano. Yo también  levanto mi brazo derecho y agito mi mano, y entonces vuelve a coger la maleta y entra en el edificio y camina hacia el panel electrónico en el que se anuncian los vuelos. Y mientras sube por la escalera mecánica levanto de nuevo mi brazo derecho y agito la mano, y luego levanto los dos brazos y enlazo las manos como hacía mi padre al despedirme, y sigo así hasta que ella desaparece en lo alto como una estrella matutina. Y como si tuviera que aceptar un hecho irremediable me quedo un momento de pie, absorto en los vericuetos de la vida, que nos sumerge en una vorágine de encuentros y despedidas. Los hijos van y vienen, nos sitúan en el centro sentimental de nuestra experiencia, y de pronto notamos que en cada uno de sus viajes y experiencias nosotros también experimentamos y viajamos, porque en ellos está el origen de todo lo que somos. Regreso solo por la autovía, y selecciono Radio Clásica, que es un seguro sustento para compensar la soledad experimentada como ausencia. Emiten una música que eleva el espíritu y que lo empuja, una especie de himno. No es de Elgar, pero se le parece. Entro en Ciutat cuando un chico cruza con elegancia el Paseo Marítimo en bicicleta. Las palmeras oscilan suavemente, porque sopla una brisa que a ratos es una ráfaga que no progresa. Cuántas veces una ciudad es el encuentro entre cada uno de nosotros y la vida entera que llevamos a cuestas. Agradezco lo que he vivido y lo que me queda por vivir. Al volante del coche no tengo prisa, y esa tranquilidad me hace recordar de golpe otros días de Semana Santa, la de 1987, por ejemplo, aquella primavera en que éramos tan felices, identificando en el Parque del Retiro los árboles que aparecían en una guía que habíamos comprado en la librería del Ayuntamiento de Madrid. Se ha despertado en la memoria este recuerdo sin que yo lo haya azuzado, un recuerdo que ha aparecido con todo su esplendor, y que agradezco. Me paro en un semáforo, y cuatro chicos jóvenes cruzan alegres el paso de peatones. La pieza de música se aproxima a su final, y el final es hermoso, y en efecto es un himno. Cuántas experiencias se concretan en lo que nos sale a camino sin haberlo ido a buscar. En las verdades más hondas, en lo que a fin de cuentas es indemostrable, hay señales de que todo lo que se vive forma parte de una unidad que está por encima de cualquier reducción engañosa a una sola patria o a una sola idea o a un solo amanecer. Cuando llego a casa ya clarea, y me pongo a escribir estas líneas, de un tirón, instantáneamente.

     

     

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