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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 02
    Agosto
    2015

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    Mallorca

    La Plaza de Sóller

    Unas modestas aceitunas: 2,50 euros. Aparcar el coche en Lluc durante una hora: 6 euros. Los contenedores de basura, repletos. Motos a toda velocidad en la Serra de Tramuntana: un peligro para los que acuden allí con la inocencia del viajero. Los lavabos: sin limpiar en más de un local. Son pequeños detalles de un día cualquiera, que uno puede observar si mira con algo de atención y no hace la vista gorda. Tengo la sensación de que Mallorca es un paisaje que absorbe todo lo que le echamos, y que no llega milagrosamente a la saturación, porque de vez en cuando atisbamos aún un rincón, un árbol que nos indica otros árboles, una exposición de la naturaleza que nos conmueve. O una plaza, que en Mallorca son tan escasas (olvidemos en seguida la fría Plaza Mayor de Ciutat) y que visitamos con ese regusto de lo verdadero, es decir: una plaza que se vive, un lugar de encuentro. Llegar a Sóller al atardecer tiene el encanto de esos lugares a los que se llega con el cuerpo saturado de los tópicos a los que se ha tenido que someter después de un largo día de verano, y entonces descubre que el pueblo es un pueblo en el que se vive, y sobre todo, en el que la experiencia de un ciudadano se puede ver enriquecida por la sencillez. Y la Plaza, que está ahí, casi esperándonos. La Plaza de Sóller es un reencuentro, una manera de sentirse en casa para los de casa y de saborear Mallorca para los visitantes. Y dos bolas de helado (una de naranja y otra de limón con menta) y un paseo, y otra vez la plaza, con su estructura de plaza de capital de provincias, con esa belleza de lo que se ha hecho sin más bagaje que el buen gusto (casi nada), unos niños que juegan con un balón, y el turista que de repente se siente viajero, no turista. Es decir, en un día uno se tropieza con una combinación de detalles que muestran lo que habría que mejorar y aquello de lo que aún se puede disfrutar, milagrosamente. 

     

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