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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 17
    Febrero
    2013

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    La experiencia no es infalible

    A veces la música es el eco que producen en la experiencia del oyente las gesticulaciones de los músicos. El oyente es sobre todo un espectador, y se convierte en un voyeur de la orquesta, aunque sus sensaciones procedan tanto de lo que ve como de sus recuerdos. Las piezas que se interpretan exigen ser recibidas cada una de forma distinta: cómo se pueden relacionar en la mente una suite de Rimski-Kórsakov, el concierto para violín de Chaikovski y la sinfonía número 3 de Beethoven. Con Chaikovski, un lejano resplandor de perfección me deja a expensas de otras audiciones que rescato cuando Mia Laity empieza con su violín pegado al cuerpo, su juventud que transmite una inocencia fugaz, sin aristas. Ella interpreta de forma vibrante y nos iguala a todos en una emoción intermitente que sale de un fondo común, de ese poso de humanidad que nos hace sentir más o menos lo mismo en parecidas circunstancias. ¿Quién no se convierte en soñador al dejarse transportar por el concierto para violín de Chaikovski? Y sin embargo no me inspira nada nuevo, como si el que se emocionara fuese aquel muchacho que iba al teatro Real a los ensayos de los domingos al mediodía, hace cuarenta años, por fin envejecido por experiencias falsamente nutritivas, medio hundido en su butaca, a la espera de una resurrección del alma. Este concierto para violín no me permite acomodar mi pensamiento de ahora a lo que sentía entonces, porque esta música es bella y a ratos excesivamente bella, y en su transcurrir me dejo llevar por los recuerdos y no vivo el presente. Pero cuánto le debo a Chaikovski una exigencia de comprensión, el tiempo convertido en un éter casi transparente a través del cual puedo ver a lo lejos escenas concretas de juventud, lo que a pesar de los años transcurridos sigue siendo entrañable, aunque quizás –quizás- imaginario, porque la memoria es siempre incompleta y fragmentaria. En el descanso me recupero, y buscaré otras cosas en la Heroica de Beethoven, que será la música de esta noche y nada más. Mi entendimiento se sitúa en el presente, atento sólo a lo que escucha, atento a cada músico de la orquesta, ahora ya sin solista, que muchas veces me empuja a una exacerbación del espíritu quizás ilusoria, porque algunos solistas exigen demasiada atención -¡el vestido azul de Mia Laity!- y dejan en la invisibilidad a los integrantes de la orquesta, que son las piezas del engranaje en el que se fundamenta todo. Cada uno de los músicos interpretando a Beethoven muestra una personalidad única que ilumina el escenario; cada uno de ellos es distinto, y sin embargo su fuerza procede del conjunto. Qué bueno debe de ser poder hacer algo con todo el énfasis de una lucidez parsimoniosa: hacer lo que hay que hacer, rodeado de otros sin los que tú no eres nada, y que te necesitan tanto como tú a ellos, dejando que cada uno proyecte su interior en unos gestos que ensanchan el mundo propio y el ajeno. Me fijo especialmente en uno de los bajos, durante el segundo movimiento, que es un adagio fúnebre que el músico interioriza y proyecta al exterior con todo su cuerpo. Se inclina suavemente a su derecha, y en lugar de gobernar su instrumento parece que lucha con él, sujetándolo con fuerza y maniobrando con firmeza y conocimiento, parecido a un náufrago que otea la costa y lucha desesperadamente para alcanzarla. El director de la orquesta, como un Einstein que busca en sus alumnos el horizonte del escenario, observa que cuando las manos de este músico rozan las cuerdas, y cuando su cuerpo se mueve en fase con el movimiento del bajo, resonando al unísono, construye un sonido que por sí solo justifica la noche entera, profundamente.

    Motivo: Concert 7. Processó dels nobles, moviment núm. 5 de la suite de l’òpera Mlada, de Rimski-Kórsakov. Concert per a violí en Re major, op.35, de Txaikovski. Mia Laity, violí. Simfonia núm.3, en Mi bemol major, op.55, ‘Heroica’, de Beethoven. Orquestra Simfònica de les Illes Balears. Guerassim Voronkov, director.

     

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