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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 20
    Junio
    2013

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    La espiral

    Por la tarde, mientras paseaba por los alrededores de la plaza del Rosselló, adonde había ido con mi hija a comprar óleo, la atmósfera de la ciudad me pareció peculiar, distinta a la de la mañana, como si la tarde, y sólo la tarde, fuera el origen de un cambio en el ambiente. Quizás se debió a que aparqué el coche en el aparcamiento subterráneo, cuya bajada en hélice me devolvió a mi adolescencia, cuando mi padre y yo veníamos a Ciutat en el Seat 850 nuevo, que fue el primer coche que mi padre se compró, después de aprobar el examen del carnet de conducir con gran esfuerzo, porque ya tenía más de cuarenta años. Entonces era el único aparcamiento subterráneo, y al entrar en Ciutat por la calle de Aragón era casi obligado acudir a él, y porque además la plaza del Rosselló era algo así como un centro perfecto para las gestiones que realizaba mi padre. Lo que se va desarrollando en la mente se relaciona con aspectos huidizos de la realidad, y la percepción de lo que nos rodea está sujeta a estos estímulos que proceden tanto del presente como del pasado. El aparcamiento le da a la plaza un aspecto muy particular, porque el centro es una especie de tapadera sobre el hueco excavado para los coches. Pienso que la extrañeza que siempre me ha producido ver una espiral dibujada en un libro, y su extensión espacial, que es la hélice, tiene mucho que ver con aquel recuerdo de la bajada al aparcamiento. A consecuencia de esta extrañeza, al estudiar matemáticas en el primer curso en la universidad, sentía una mezcla de curiosidad y de aprensión al plantear en algún problema las ecuaciones de la espiral y de la hélice, porque no me parecían curvas como las otras. La espiral dejaba de ser plana para convertirse en el caparazón de un caracol; la hélice era de golpe un trampolín interminable. Y aún ayer, al aparcar mi coche, sentí algo parecido a una rara emoción, impropia de alguien que ha aparcado en tantos aparcamientos subterráneos. Después, al salir al exterior, la ciudad tenía una atmósfera muy limpia, sin la bruma de los días anteriores. Se respiraba con fluidez, y había una apariencia de quietud, como si Ciutat quisiera ser contemplada para ser redescubierta. De camino a  Sant Miquel, la escultura de Pere Martínez Pavía resultó ser una especie de celebración de la primavera, como si sólo estuviéramos viendo lo esencial.

     

     

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