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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 13
    Julio
    2013

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    Es Trenc: la naturaleza es un aliado

    El cielo está cubierto cuando salimos, y apenas hace calor. No echamos en falta el aire acondicionado de mi coche. Al dejar atrás el cruce de Cala Blava ya estamos enfilando lo que hay más allá de Ciutat, que es la antesala de las imágenes que esperan ser rescatadas cuanto antes: las adelfas de la autovía, el perfume de romero de la garriga, algunos cipreses, la montaña de Cura. Después de Campos los campos son ya amarillos, segados hace poco, y las pacas están ahí, como testimonio de un trabajo al que debemos lo esencial de la vida. Aparcamos el coche y andamos durante media hora bordeando la playa. El mar está quieto, como una balsa de aceite. En el primer recodo las algas se extienden por una superficie mayor que el verano pasado, aunque uno no pueda siempre fiarse de este tipo de recuerdos imprecisos, en los que podemos añadir o restar a nuestro antojo. Hay poca gente, y oímos a la perfección conversaciones que proceden de las embarcaciones que habrán pasado la noche a cien o doscientos metros de las rocas. La poderosa naturaleza es un aliado humanizado en este lugar: qué daño puede hacernos este mar, si sólo nos ofrece belleza. Y sin embargo estamos empeñados en fastidiarla, a la naturaleza del paisaje, y el contrasentido se perpetúa desde hace cincuenta años. Al detenernos, miro unas rocas bajo el agua: son como una mano que nos invita a una continua conciliación. Y otras rocas cercanas a la orilla parecen grandes esculturas que el tiempo nos va regalando año tras año, como un inmenso y a la vez íntimo museo en el que el arte contemporáneo podría sacar algo en limpio, en vez de disiparse en extravagancias para falsos coleccionistas. Pongo mis pies en el agua como un explorador, no como un bañista: el agua ni siquiera está templada, y agradezco el frescor porque así soy capaz de entretener mi mente, que se deja arrastrar por la arena y por el suave murmullo de mis pies chapoteando. El camino de vuelta es distinto, porque nada es igual a lo de antes, y aún no ha salido el sol, que se intuye entre las nubes. Los colores son una gradación del gris del cielo hacia el marrón de las rocas y de las algas. Nos paramos en Campos. Tomamos café, y en seguida vamos al mercado a comprar ciruelas. Son muy rojas y están en el punto exacto de madurez. A media tarde son un dulce insuperable. 

     

    PD.- Y después, al llegar a Ciutat, mi conciencia me reprocha no haber previsto que el concierto de la Orquesta Sinfónica era a las doce, pero leo en la prensa que son miles los que han acudido al Borne, y me alegro muchísimo.

     

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