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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 19
    Junio
    2013

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    Entonces

    Ciutat era para mí, en la infancia, un lugar al que había que ir por fuerza, casi a regañadientes. Hasta los diez o doce años fui muy pocas veces, y recuerdo que al llegar deseaba volver al pueblo cuanto antes, porque todo me parecía envuelto en códigos indescifrables. Al empezar el forzado periplo rodeado de tanta gente desconocida yo recibía los estímulos mezclados, sin ser capaz de separarlos, porque lo que percibía era un magma sin fisuras llamado Ciutat, que al cruzar las Avenidas dejaba de ser un nombre mágico para convertirse en algo perturbador, por desconocido y por inaccesible. Los niños con los que me cruzaba por las calles no eran como yo, iban vestidos de otra manera, y me sentía herido por sus miradas delatoras, como si me llamaran la atención por haber invadido su terreno. Me delataban mi manera me andar, mi forma de vestir y mi mirada de visitante inoportuno, un conjunto de factores que más adelante, a los 14 años, cuando inicié mi etapa en el instituto Ramón Llull, se convirtieron automáticamente en señales de prestigio, porque de repente los de pueblo, que éramos tan pocos, parecíamos, en efecto, de otra pasta. A los diez o doce años, aún con pantalones cortos, Ciutat era un suplicio al que había que bajar de vez en cuando para que mi abuela y mi madre me compraran unos zapatos gorila. Ni tan siquiera me valía la recompensa de un palo y un borracho, que me gustaban tanto, porque lo que realmente me emocionaba era que me los trajera mi abuelo, al regresar al pueblo, y no entrar en una pastelería tan fina como aquellas en las que mi abuela y mi madre me llevaban, y en las que también eran sometidas a escrutinio por las otras parroquianas, porque al igual que yo transmitían a su alrededor el aire de pueblerinas. Cuando camino por la Porta de Sant Antoni aún puedo oler, atravesando la barrera del tiempo, aquellas pastelerías de las que no recuerdo absolutamente nada. Sí recuerdo nombres de establecimientos: Calzados Dados, La Primavera, y el increíble Bar Kito, que aún existe, y que se parece bastante al local de entonces. El Bar Kito nos unía emocionalmente al pueblo, porque era el punto de salida  del autobús de Pórtol. Al cruzar las Avenidas ya percibía la compañía de algún paisano sentado en la acera, enfrente del bar, y cualquier detalle de aquella persona  –su voz, un gesto, su amable sonrisa al verme- me devolvía de golpe a la seguridad de lo conocido. 

     

     

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