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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 12
    Febrero
    2013

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    El violonchelista Ángel García

    El sonido del violonchelo nos puede sumir en una plenitud que tiene que ver bastante con la capacidad que uno acumula a lo largo de la vida para gozar del arte, no sólo de la música. No existe una única manera de sentir la música, sino muchas maneras que se complementan y que sirven para relacionarnos con el entorno en el que vivimos. Han pasado varios días desde el concierto del viernes en el teatro Principal, en donde los sonidos se deslizan de forma desigual por los recovecos de los palcos y de la platea, pero que como contrapeso nos acerca mucho a los músicos, que dejan casi al desnudo sus movimientos, sus vaivenes faciales y su estado de ánimo. El violonchelista Ángel García me pareció un músico de una sencillez conmovedora, alejado de cualquier gesto innecesario, como si él sólo fuese el instrumento del instrumento, aunque precisamente por esto su humanidad se transparenta de una forma tan eficaz.  Es alguien que llegó con su bellísimo violonchelo, interpretó a Chaikovski con emoción contenida, recibió los aplausos de todos nosotros, y se despidió con una pieza –la suite número 1- de Bach. Los solistas son esa gente tan peculiar que van de concierto en concierto, de ciudad en ciudad, y vuelcan todo su ser, que es la música que llevan dentro de su memoria, como si fuera el alma de la experiencia humana, porque en cada interpretación hay una sutileza en el comportamiento físico del cuerpo que va más allá de lo que oímos, situándose justamente en el centro sentimental que no se puede transmitir quizás de ninguna otra manera, o quizás tan sólo en el momento de hacer el amor, cuando la mirada se despega de su función meramente utilitaria y se desplaza hacia una búsqueda cuyo objeto, aunque muy querido, siempre está envuelto en una niebla de desconocimiento. La música nos distancia de la noche pero a la vez nos introduce en ella, en el arcano que irradia lo que conocemos y que a su vez lanza, entremezclándose las unas con las otras, un montón de interrogaciones, con sus destellos de vida que nace y que se disipa, que surge y que desaparece. Y es que la experiencia individual quizás sea esa discontinuidad entre lo conocido y lo desconocido que la música intenta llenar con insistencia. Al acabar el concierto, ya de noche,  veo alejarse a Ángel García, siempre de viaje con el violonchelo a sus espaldas en su funda blanca,  como si la música fuese un mensaje cuya única nacionalidad es el corazón desconocido de cada ser humano, individualmente.  

    Motivo: El violonchelista Ángel García. Teatro Principal, 8 de febrero

     

     

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