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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 20
    Enero
    2013

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    El reverso de la noche

    Los espectadores están de pie, sin moverse. No me apetece quedarme, porque el ruido es excesivo para mí. No veo a la mujer que hace tiempo se instaló en el extremo del banco de piedra en forma de arco. ¿Dónde estará esta noche? Las instalaciones provisionales de la plaza la habrán obligado a desplazarse. Hacia la Plaça del Mercat voy pisando las hojas caídas de los plátanos, mojadas por la lluvia, y enfrente del Gran Hotel una mujer le dice a su pareja: qué hermoso edificio. Subo la Costa d’en Berga. Las farolas proyectan una luz anaranjada que se desliza por las paredes y por los peldaños. Se cruzan conmigo una pareja de jóvenes y una mujer que lleva la gorra ladeada, como yo. A pesar de la verbena, Ciutat no deja de ser una ciudad silenciosa que se refugia en sí misma. Por Sant Bartomeu se oyen mis pasos y no veo a nadie hasta que llego a la pequeña plaza de Ca’n Tagamanent, en donde un grupo de jóvenes preparan la carne y las bebidas. A mi derecha la Costa de Ca’n Poderós es una curiosa bajada que salva un gran desnivel envuelta en la oscuridad de la noche. Quizás esta mínima iluminación sugiere más que ofrece, aunque esto es lo que podría decirse de toda la ciudad. En Cort hay fuego en las parrillas, y las llamas sobresalen, avivadas por la brisa. Sólo unos pocos están atentos a la música, y la noche no es fría, pero tampoco es apacible. Empiezo a oler a carne a la brasa, y las ascuas brillan entre el humo, y los urinarios portátiles dejan al olivo casi en la clandestinidad. Me abro paso en sentido inverso al de la ida, y bajo por el Pas d’en Quint, y me cruzo con gente que lleva bolsas de plástico con carne y bebidas, pero apenas hay regocijo. Tan sólo percibo un vago deseo de cumplir un trámite anual, y yo no tengo hambre, ni sed. Camino y recuerdo otras verbenas, cuando iba acompañado, y era más joven, y el mundo me contagiaba vínculos que ahora son nostalgia. Quizás me influye que la rodilla derecha no me responde como antaño. Al cruzar otra vez la plaza, descubro el nuevo sitio en el que se ha colocado, es de suponer que provisionalmente, la mujer que hace tiempo instaló todo su equipaje aquí, y aquí se quedó. Pero ella no está ahora mismo. Habrá huido por unas horas de la música excesiva y del jolgorio. Sigo caminando, y todo se diluye cerca de Sa Riera, como si la fiesta fuese un débil destello que a medida que me alejo del centro se convierte en música que se diluye en la nada, mansamente.

    Motivo: Revetlla de Sant Sebastià

     

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