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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 08
    Abril
    2013

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    El Duero, en Oporto

    Hay gente paseando por las orillas del Duero. Es muy temprano aún. Se nota que es domingo, pero es difícil percibir la primavera. La brisa aumenta la sensación de frío al acercarme por la avenida Gustavo Eiffel al puente Luiz I. Un tranvía pasa por la plataforma superior y se cruza con un hombre que camina con rapidez, como nosotros ayer por la tarde. Por la plataforma inferior, en donde se asienta la estructura de acero sobre pilares de granito,  circulan los coches con parsimonia. El Duero, ancho como los grandes ríos europeos, baja con un gran caudal, cargado de aguas marrones que parecen transportar la esencia de las tierras que atraviesa hasta llegar a Oporto. Hay muchas gaviotas que vuelan entre las casas y el río, y una de ellas aterriza en una farola. De repente abre el pico y emite un graznido que parece una llamada de socorro. Miro hacia atrás para ver el elegante y sencillo edificio restaurado en el que está nuestro apartamento. El puente, que es uno de los seis que atraviesan el Duero, es un símbolo de la revolución industrial y de la evolución de la tecnología en los últimos cien años. Los árboles empiezan a verdear, y me ayudan con su presencia a situar algunos de los lugares que ayer visitamos. Empieza a llover. No he cogido el paraguas, ni la gorra, así que aunque la lluvia no es más que un levísimo sirimiri mi prudencia me empuja a buscar refugio en una cabina telefónica de color rojo, como las de Londres. Desde ahí puedo ver la ropa tendida en los balcones. Hay vestidos, pantalones, camisas, calcetines: ondean lánguidamente, y sus colores alternan con los de las fachadas. Un sol débil intenta salir entre la niebla, pero el cielo cargado de nubes no se lo va a poner nada fácil. Hay bastantes barcazas en el río, y en cada una caben diez o doce toneles de oporto, según me explicó ayer mi amigo Pepe, que es gran conocedor de las artes marineras, y marino de hecho. La Praça de Ribeira tiene el color de la edad madura de una ciudad que ha vivido siglos expuesta a los vientos del Atlántico. Un tronco muy grande sobre el muelle parece como si hubiera sido elegido para ser mascarón de proa de alguna embarcación importante. Pasa otro tranvía sobre el puente de acero, en sentido contrario al de antes. Varias personas hablan animadamente. No llevan paraguas, y desde luego ni tan siquiera notan el orvallo, así que me siento un estúpido en mi refugio y salgo de la cabina y voy hacia la Rua dos Canastreiros. Un hombre dibuja a lápiz el puente de Luiz I con mucho esmero. Siento la lluvia muy débil en mi cara, y soy testigo del trajín de los que empiezan a abrir los bares. Huele a café en la Cofradía de Pescadores cuando regreso al apartamento, en donde me estarán esperando Ana, Marta y Pepe. Se oye un fado, que parece venir de muy lejos, pero es la música de un bar que está a unos metros de mí. También oigo un acordeón, que agita mis recuerdos, como si fuese precisamente la música de acordeón lo que une a Oporto y Ciutat. En el río Duero flota un tronco que habrá venido de viaje quién sabe desde dónde, quizás desde España, y dentro de poco llegará al mar, en donde los viajes empiezan y terminan.

     

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