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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 09
    Junio
    2013

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    El corazón de la vida

    Salgo a caminar por el camino de Marratxinet, a pesar de que los coches no permiten disfrutar del paisaje todo lo que yo quisiera. Aun así las vistas son deliciosas, no porque sean espectaculares sino porque la mirada se ha de detener en la suavidad de una loma, por la derecha, hacia el Puigblanc, o en el campo de almendros, que ahora están muy verdes, a punto de iniciar su duro tránsito por el verano. La Sierra, a lo lejos, no es más que el fondo de un cuadro, la constatación de que una isla tiene algo de continente inaccesible. Hay ovejas que pastan, y en todo el ambiente flota un aire de permanencia, como si la experiencia de haber andado por este camino a lo largo de muchos años llevara implícito un cierto espíritu de quietud, o una resistencia al cambio, o una esperanza de poder estar en un entorno que permanece impasible a los vaivenes del mundo. Pienso que cuando iba a visitar a mis abuelos los almendros que ahora veo debían de ser los mismos, y mucho más aún los algarrobos y las higueras. Hacia Son Cos hay una casa que siempre me pareció misteriosa, cuando la veía desde el asiento trasero de la guzzi de mi padre, aquella guzzi de color rojo que nunca he podido saber adónde fue a parar. Es difícil saber cuál ha sido el destino de algunos objetos que nos acompañaron a lo largo de muchos períodos de nuestra vida. A mí me ocurre, por ejemplo, con la guzzi de mi padre, con la bicicleta verde orbea que me regalaron mis tíos, o con el tren que me regaló mi madrina, que daba vueltas después de dar cuerda a la locomotora, sin las cuatro pilas que ahora se requieren para hacer funcionar cualquier cachivache. Sigo andando y a medida que transcurre la tarde tengo la sensación de que el perfil de los árboles adquiere una tonalidad que los va convirtiendo en una copia imprecisa de un sueño que tuve no hace mucho. En la última curva antes de la iglesia, me fijo detenidamente en la pared que hace esquina, que parece que se está cayendo desde hace decenios, y cuyas piedras son como piezas de una escultura inacabada. Subo unos metros por la pendiente de la carretera hacia la pared, y me encuentro frente a un campo abandonado, que linda con la casa en la que vive el rector, y en donde hay un granado que al llegar el otoño da unos frutos maravillosos que robábamos cuando salíamos de la escuela parroquial. Aún recuerdo los amenazantes gritos de Sebastiana, desde la terraza, al vernos correr con las granadas en la mano. Son gritos que aún puedo escuchar con toda nitidez, y que atraviesan el tiempo como señales de un mundo olvidado.

     

     

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