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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 12
    Septiembre
    2013

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    Discurso de un hombre en la plaza

    Un hombre habla en la Plaça d’Espanya. Lleva un altavoz en la mano derecha y en la izquierda un folio con apuntes que mira de vez en cuando. Improvisa a partir de un esquema previo. Habla bien, con firmeza y convencimiento, y no pide nada a nadie. Muy pocos le hacen caso. Parece que habla al vacío, a un vacío que se expande por los alrededores, porque da la sensación de que a los transeúntes les da vergüenza escuchar a alguien que les diga su opinión sobre la situación política y económica. Porque de eso se trata: de hablar sobre el estado de la nación. Quizás exagera con algunas cifras, pero lo que importa es el mensaje: con sus palabras declama verdades que nos asaltan a todos cada día. Sigue hablando y hablando, sin importarle que sus palabras no reciban el eco que merecen. Algunos se paran un rato y escuchan, pero se marchan enseguida como si lo que se les ofrece fuera un discurso anticuado, o conocido. Hay varios policías que observan, que han llegado en dos coches situados a pocos metros del orador. Una mujer pasa a mi lado y con cara de enfado lanza su diatriba: ¡habla en cristiano, que no se entiende!, dice sin detenerse, y continúa como si hubiera dictado una sentencia. Pasan turistas con el plano de Ciutat en la mano, pero a ellos no les importuna en absoluto el discurso. Quizás intuyan el contenido, aunque no sepan catalán. La sensación es de vértigo: nadie escucha a nadie. Las personas humanas nos colocamos en la plaza íntima del pensamiento –y aún no todos: sólo aquellos que son capaces de llegar a él, al pensamiento- y declaman su solitario mensaje en soledad. Los que lo intentan en la plaza de todos también se encuentran con el muro de lo infranqueable: la desidia de los demás. Las palabras han perdido parte de su substancia. Han sido superadas por las imágenes, y por el estruendo de las cifras de audiencia. Estamos perdidos, dice alguien a mi lado, y se queda en suspenso, sin decir nada más, irremediablemente. Tendríamos que hablar todos de la misma manera en que lo hace este hombre, dice otro, enérgicamente.

     

     

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