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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 17
    Julio
    2015

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    Ciutat

    Descubrimiento de una calle conocida

    Dejo la avenida y me adentro en la calle de la Concepció, y de sopetón parece que he franqueado una puerta que me va a llevar a un lugar que, por mucho que me resulte familiar, parece un (re)descubrimiento. Ya es de noche, y no se ve a nadie, como si las personas que me acompañaban en Jaume III no supieran que existe esa calle para la que el tiempo se ha mantenido en suspensión, notándose incluso en el aire que se respira, cuajado de silencios que sólo interrumpe algún pájaro entre los aleros de los edificios. Pero hay gente, sí, en el restaurante del patio del centro cultural de la caja de ahorros, y en otro que hay un poco más adelante, y que yo no conocía. Miro a través de la cristalera y veo a media luz una mujer detrás de la barra y las mesas ocupadas por ciudadanos que no parecen paisanos míos, por ese aire de viajeros que inspeccionan un lugar desconocido. Me demoro con la sensación de que soy transparente, y de que el restaurante que estoy mirando perdería todo su encanto si yo entrara. Nadie repara en mí, y esto me permite mirar sin exponerme a que me llamen la atención por fisgar a través de los ventanales. Y sé por intuición que esto no va a ocurrir, porque hay algo en mi relación con ese lugar que me da una libertad absoluta de reconocimiento: la irrealidad de su existencia se me hace cada vez más evidente. No hay más que una media luz que se regodea en sí misma, y que satisface a aquel que quiera perderse en la ciudad para que la imaginación lo venza durante un rato, aunque dejando que este período de tiempo se pueda dilatar lo que haga falta. Sigo caminando y veo a una mujer que se acerca. Viste un traje de noche de color negro sin mangas que le llega hasta los pies, y se cruza conmigo y se aleja dejando un mapa de su huida en el perfume y en el leve taconeo apagado de sus pasos. La realidad me sacude en la Bodega Santurce con el recuerdo de aquellas cenas memorables en que disfrutábamos de la presencia de Antontxu, cuya graciosa esquela es un aviso de que la vida no tiene por qué ser tan trágica como a veces resulta ser: hay que ir buscando contrapesos a las frustaciones de todo tipo que acechan a unos y a otros. La calle se acaba, bien lo sé, y mi deseo de que se alargara mucho más no tiene cabida en mi entendimiento, que acaba de despertar de una ensoñación que ya no se sostiene a sí misma. Como colofón, me cruzo con un chico en bicicleta que pedalea con vigor mientras miro hacia la bocacalle del carrer de les Esparteres.         

    (Ciutat, 4)

     

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