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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 25
    Abril
    2013

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    Cuando llueve, Ciutat se convierte en un lugar desconocido

    Cuando llueve, Ciutat se convierte en un lugar desconocido. Pero llueve poco, y los ciudadanos están alelados, a la espera de que escampe y de que vuelva la normalidad. Voy al centro en autobús, yo también sugestionado por esta curiosa circunstancia. Hay un leve desasosiego que se convierte en curiosidad: el paraguas sobra, porque la llovizna no llega ni tan siquiera a sirimiri, y el gesto de abrirlo sería una exageración. En los orígenes de las costumbres suele haber un abecedario mental confuso, porque no suele llegar a la racionalidad. El autobús va bajando hacia el centro, y en una parada que está muy cerca de un bar veo en la terraza a un hombre sentado que toma una cerveza. Su figura me resulta familiar, porque lo he visto otras veces. Mira hacia la calle, muy cerca de los coches, y está como si no estuviera, la barba canosa abandonada a su suerte, un distintivo que define no sólo lo que vemos sino lo que imaginamos. Qué decir si este hombre podría ser yo si alguien me mirara. De repente me viene a la memoria una imagen de ayer, que fue un estallido de alegría. En Son Rapinya, desde mi coche, vi a dos puputs cruzando la calle, en sus característico vuelo bajo, la cresta elegante y la sensación de que una pareja de puputs es una invitación a la felicidad, aunque sea una felicidad que dura sólo un instante. En el edificio de los juzgados de La Salle hay aún gente que trabaja. Oteo desde el autobús una sala muy parecida a la que ocupó Susana, y desde luego el tiempo nunca se detiene, aunque a veces una mirada furtiva nos pueda dar a entender lo contrario. Estoy a punto de bajar en la Plaza de España, que fue bautizada como Plaza de Islandia no hace mucho. Me bajo y las primera personas que veo son dos mujeres vestidas de forma inusual, como si hubieran llegado de un país en ruinas, pero que podrían ser mi abuela paterna, que me hablaba con ternura y dedicación, sentada al fuego del hogar en las noches de invierno. Ahora todo empieza a parecer distinto, y empiezo a  andar sin una dirección concreta, avanzando, esto sí, desde luego: avanzando.   

     

     

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