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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 06
    Octubre
    2013

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    Conductores

                     Una ciudad es un laboratorio de emociones. Quizás no sean emociones que dejan huella, pero salen a la superficie desde un rincón desconocido de nuestra mente, o, por el contrario, se meten hacia dentro como un aguijón que se clava en una pared sensible de nuestra conciencia, pellizcándonos. 

    Señalizo para girar a la derecha en una rotonda, y me doy cuenta de que un vehículo grande - una grúa- no me cede el paso y avanza hacia mí, no por despiste sino por decisión del conductor. Acelero para girar cuanto antes en contra de mis hábitos de conductor lento, y aún así no consigo separarme lo suficiente para sentirme libre de la presión que ejerce el otro automóvil sobre mí, y sólo después, cuando ya enfilamos la calle, él en un carril, y yo en el otro, a través de la ventanilla le hago un gesto airado, y él justifica su acción diciéndome que había espacio suficiente. Lo miro durante unos segundos, y compruebo que es un hombre como yo, de mediana edad, quizás agobiado por una larga jornada de duro trabajo en la autovía, y aunque pienso que yo tengo razón, me arrepiento en seguida de mi gesto airado, y espero que se haya dado cuenta de que mentalmente ya me he reconciliado con él, porque he atisbado en su expresión un fondo de duda, como una disculpa implícita, un gesto de confianza en la posibilidad de un entendimiento.

    Más adelante, en un paso de peatones, cruza una mujer joven muy aviejada, muy apagada desde la última vez que la vi, cuando me pidió algo para comer en el aparcamiento de un supermercado. No sé por qué la he reconocido. Normalmente no recuerdo las caras de las personas a las que apenas conozco, pero hoy al ver a esta mujer se me ha aparecido de golpe con su expresión más joven, la que tenía cuando la vi por primera vez. Su desgaste físico, tan evidente, no ha logrado borrar del todo los destellos de juventud que se le transparentan en su cara. Me dijo que tenía un hijo de varios meses y que tenía que luchar mucho para sobrevivir. Yo la creí. Era una mujer joven con problemas, y ahora es una mujer arrastrada sin duda por el vendaval de una existencia que le es todavía mucho más adversa que entonces. No sé su nombre, ni nada más acerca de ella, pero su biografía se expande desde su piel y salta a su alrededor, como si la leyéramos en un libro abierto expuesto en una vitrina.

    Y ya cerca de casa, en otra rotonda, espero mi turno, y me fijo en el coche que tengo a mi izquierda, conducido por una mujer que me mira, y yo le miro a ella, y me fijo en su mano derecha sobre el volante, y le hago una señal para indicarle que sea ella la que avance primero, y ella me devuelve el gesto con una señal inequívoca de agradecimiento, o de humanidad, como si conociera  los dos leves sinsabores que acabo de padecer, y se hubiera apiadado de mí.

                                                                                      

     

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