Blog 
Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
RSS - Blog de M Angel Moyà Juan

El autor

Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


Archivo

  • 19
    Enero
    2016

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Ciutat

    Ciutat, por Josep Planas (y III)

    Un hombre está sentado en la Plaza de la Reina, el 17 de noviembre de 1962. Es un hombre joven, con boina, pobremente vestido. Tiene un agujero en los pantalones, a la altura de la rodilla, y al mirar detenidamente se ve que el agujero  tiene un torpe remiendo. Según el pie de foto, es un inmigrante. Quizás acaba de llegar en el barco de la mañana, y ha venido a pie desde el muelle, y se ha sentado para reflexionar acerca de lo que tiene que hacer. Adónde ir cuando llegas a un lugar que no conoces, en el que quizás sólo vas a encontrar hostilidad, sin medios, sin personas en las que apoyarse para que te den consuelo, y valor. Recuerdo el poema Mujer con alcuza, de Dámado Alonso.

    En otra fotografía vemos a un limpiabotas, en el Borne, de pie, mirando hacia el paseo, esperando a que alguien le encargue que le enlustre los zapatos. En Madrid hay varios como él, vestidos con el mismo desaliño, pero con la dignidad de una pobreza que no está reñida con una pizca de afabilidad con el parrroquiano. No son españoles sino inmigrantes, algunos de México, porque es difícil que la gente de por aquí se dedique ahora a esta profesión. Había otros limpiabotas en Ciutat, en 1962, el año de la fotografía de Josep Planas, y vivían de su trabajo, aunque seguramente con estrecheces, y eran mallorquines, alguno de ellos buen amigo de mi padre.

    Y ayer, día 18 de enero de 2016, una mujer y un hombre caminan por la calle Sindicato, muy lentamente, caminan paso a paso, con una sincronía que tiene que ver con lo que están haciendo: él, con un acordeón, interpreta piezas de música, y ella por detrás ha de conseguir que él, quizás ciego, camine en línea recta. Son de mediana edad, aunque la dureza de la vida les hace parecer mayores de lo que son. Me acerco un poco para verlos mejor. Ella viste una falda larga, hasta los pies, jersey y chaqueta gastada sin mangas, y lleva una larga trenza que recorre su espalda. Apoya sus dos manos en los brazos de él, que viste un jersey de rayas horizontales, azul pálido y azul marino. El acordeón suena con esa melancolía que nos suele remover la conciencia, porque lo asociamos involuntariamente a pobreza y a soledad.

    Me voy a la parada del autobús, y a lo lejos aún se oye la música del acordeón.   

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook