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Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra
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Blog Mirades a Ciutat / Los límites de la tierra - M Angel Moyà Juan

M Angel Moyà Juan

Com un viatger, que de sobte es reconeix en una fotografia. // A los lejos unos árboles, y el tiempo que bordea la realidad, y la moldea, y la envilece y exalta, y la construye.

Sobre este blog de Mallorca

Desde muy temprano las calles de Ciutat buscan un interlocutor, o un gesto que sea premonición de algún conocimiento. // La tierra, con la que se produce este intercambio en el que hay que ser consciente de los límites.


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  • 31
    Diciembre
    2015

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    Ciutat

    Acabar el año caminando por Ciutat

    Ciutat está ahí, a nuestro lado, un escenario que nos protege y abriga. Me gusta caminar por sus calles antiguas, tan llenas de serenidad, no ajenas al dolor y a la pobreza. A veces los pasos resuenan al doblar una esquina, y escucho un bolero, o un villancico. Unas plantas desordenadas llenan un balcón, y cuando voy por la calle Sindicato soy capaz de girar a la izquierda, hacia las tres plazas que me acogen, con su intento de transformación, aunque no sé si tan modernas van a engatusarme tanto como antes. El comercio de menaje ha cerrado ya, y al lado hay un hotel moderno que le da vida a los alrededores, los grafitis casi en el gozo de sabernos libres, ahora que empezamos a madurar con rapidez, las piernas que aún nos permiten todo esto. Ciutat está ahí, y sobre todo la ciudad que sobrevive, esta legendaria pasión por revivir entre las piedras más antiguas y los saberes más tiernos, los que descubrimos caminando y caminando, incansablemente. Encuentro un amigo, hablamos un rato de casi nada, con esta especie de cansancio emocional que entre los mallorquines nos hace huir de los demás y que sin embargo puede parecer tan tierno, tan esquivo en su deseo de acercarnos. Timidez de la dulzura de trato, que nos acerca y nos aleja a la vez. El barrio antiguo es nuestro campo de operaciones. Hay quien no abdica nunca, valientes como Álex, con su estupenda librería, que da gusto. Los libros aún, ese vicio de leer y de caminar, que quizás se complementan o se funden el uno en el otro. Ciutat, nuestra pequeña gran ciudad. Ahora los políticos le quieren cambiar el nombre otra vez, Palma o Palma de Mallorca, qué más da, pero nosotros, los que cuando éramos pequeños vivíamos lejos, en algún pueblo, le seguiremps llamando Ciutat. Para qué hay que cambiar el nombre de las cosas, si ya tienen el suyo. Las verdades, las pocas que atesoramos, deben de ser defendidas. Sin acritud, por supuesto. Mi amigo me dice que ha encontrado el mejor café, en una cafetería nueva excelente, que han abierto no hace mucho. Pero a mí no me lo ha parecido. Bueno, los criterios dispares son los buenos, en esto de opinar sobre el mejor café de Ciutat, y en cualquier otro asunto. Si opináramos igual el aburrimiento sería insoportable. Cuando me quiero explayar un rato, le digo, en vez de tomar un café, entro en una iglesia y me siento en un banco a contemplar el techo, el altar oscuro, ese silencio que parece turbio de incienso y de rezos apagados. Yo, que ya no creo en dioses ni en rezos, me paro en las iglesias. Y al salir es como si hubiera venido de un viaje muy largo. Mi amigo y yo nos despedimos porque no queda más remedio. Pero yo seguiré caminando por Ciutat, así, como lo hago ahora, como si no se terminara nunca.

     

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