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Mi ¿amiga? Pascualita
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Blog Mi ¿amiga? Pascualita - Isabel JiménezBravo Llabrés

Isabel JiménezBravo Llabrés

Isabel Jiménez-Bravo Llabrés es una mujer, bastaría decir eso para definirla, pero por si queda alguna duda: es mujer, madre, abuela, amiga... conocida mundialmente por sus croquetas, ha decidido dar un paso más, compartiendo con quien quiera pasar un buen rato, las historias de su ¿amiga? Pascualit...

Sobre este blog de Cultura

"Mi ¿amiga? Pascualita" es un personaje entrañable a la par que desquiciante, que entra a formar parte, de una forma muy peculiar, de una familia nada común, pero en la que podemos identificar a miembros de nuestra propia familia. ...


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  • 20
    Septiembre
    2015

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    Cultura Mallorca

    Enamoramiento repentino.

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    La tía Apolonia tenía el don de la premonición que la llevaba a mal traer porque, cuando tenía visiones, sabía que una desgracia se cernía sobre un miembro de la familia, aunque no sabía quién. Cuando esto ocurría en encerraba en su cuarto y se negaba a comer hasta que la premonición se cumplía pero el disgusto le duraba mucho tiempo.

    Un día en que, estando la familia sentada a la mesa, se había formado un guirigay ensordecedor pues todos exponían quejas, ideas, proposiciones negativas y positivas, etc. Y nadie escuchaba a nadie salvo a sí mismos. Fue entonces cuando Apolonia hizo acto de presencia en el comedor, con el rostro desencajado, un rictus muy conocido y temido por todos los de la casa. Una vez que hubo acaparado la atención dijo con voz solemne:

     

    -"He visto caer una bola negra que, rodando, se ha metido bajo un mueble... Algo muy valioso para nosotros se ha perdido".

    Lola abrazó a sus hijos en un gesto de protección: (que no les ocurra nada, Dios mío). Pasada la sorpresa del primer momento siguieron comiendo sin que nadie dijese una palabra. El día transcurrió sin sobresaltos. Fue dos días después cuando el cartero les subió una carta certificada, venía a nombre de Apolonia; la mujer tuvo que salir de su cuarto para firmar la entrega. Al coger el sobre le temblaron las manos., Estaba demacrada, sin arreglar, sin peinar. Parecía una vieja loca.

    Todos se agolparon a su alrededor y cuando hizo un amago de volver a su encierro, se lo impidieron:

     

    • - Tienes que leer esta carta, quizás lo que viste está aquí

      A regañadientes rasgó el sobre. Desdobló el folio y leyó para sí. Al terminar se tambaleó y a punto estuvo de caer si no la hubiésen sujetado. La alarma cundió cuando la vieron llorar. Entonces la abuela Juana, desde lo alto de la lámpara, sentenció:

     

    - ¡No es más tonta porque no se entrena!".

     

    Candela le arrebató la carta y una vez leída gritó: "¡Ha muerto el cabrón de su marido!". Entonces todo se precipitó. El Sol y la Luna aparecieron en los ojos de la muchacha que, irritada, decía no entender ese llanto por alguien tan malvado. Cuanto más lloraba Apolonia, más rayos salían de los ojos de Candela

     

    • - ¡Salid a la terraza que al final tendremos una desgracia de verdad!.

     

    Desde la calle se veían los rayos como fuegos artificiales y muchos amigos subieron, desconcertados, pues creían recordar que la fecha fijada para la fiesta era otro día.

    -"¡Para de llorar Apolonia, por Dios, que esta niña nos va a quemar la casa!".

     

    Tuvo que ser Emilia quien, con su ponderado hablar de persona educada, pusiese freno al jaleo armado:

     

    • - ¿A qué viene llorarle, con la mala vida que te hizo pasar? No tiene sentido.


    - Mis lágrimas no son por ese cerdo sino por el hombre que me enamoró. El que murió para mí cuando me dio el primer tortazo. Pero también son de alegría porque él se ha muerto y quién ha pasado a mejor vida soy yo. Y podré hacer lo que hacen muchas viudas, ir a baile de salón, a jugar al bingo, de viaje con el Inserso, pintarme, vestirme de colores y cortarme y teñirme el pelo, echar una cana al aire de vez en cuando sin sentir que estoy pecando. Y voy a quitar el luto que he llevado durante tantos años en la ropa y en el alma. Gracias a esta carta, hoy empieza una nueva vida para mí".

    Poco a poco la tranquilidad volvió al ático. Se procedió a la despedida de los extrañados amigos, algunos de los cuales preguntaban si el día de la fiesta habría fuegos artificiales como los de esta tarde "Esperemos que no" les contestaron.

    Después de colocar todas las cosas en su sitio vino el trabajo de buscar a los trillizos, los pobres, al ver asomar a los ojos de su hermana el Sol y la Luna, salieron de estampida a esconderse en el último rincón de la casa. Tenían la cualidad innata de confundirse con el lugar elegido, pero el resto de la familia no tenía el don de encontrarlos.

    Esta vez Stalin estaba encima de la campana de la cocina, Lenín dentro y Trosky en el horno. Afortunadamente todo estaba apagado. Allí no se ponía nada en marcha hasta que los niños aparecían, por si las moscas. En estos casos la abuela Juana no ayudaba, le hacía mucha gracia ver como se desesperaban todos mientras ella no les quitaba ojo a los trillizos. Esto le había acarreado muchas discusiones con Lola y Lesmes, ¿Por qué no podía darles aunque fuera una pequeña pista?. Pero una abuela nunca traiciona a sus nietos, además, a un fantasma las broncas le resbalaban.

     

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