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Mi ¿amiga? Pascualita
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Blog Mi ¿amiga? Pascualita - Isabel JiménezBravo Llabrés

Isabel JiménezBravo Llabrés

Isabel Jiménez-Bravo Llabrés es una mujer, bastaría decir eso para definirla, pero por si queda alguna duda: es mujer, madre, abuela, amiga... conocida mundialmente por sus croquetas, ha decidido dar un paso más, compartiendo con quien quiera pasar un buen rato, las historias de su ¿amiga? Pascualit...

Sobre este blog de Cultura

"Mi ¿amiga? Pascualita" es un personaje entrañable a la par que desquiciante, que entra a formar parte, de una forma muy peculiar, de una familia nada común, pero en la que podemos identificar a miembros de nuestra propia familia. ...


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  • 24
    Enero
    2012

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    De rebajas.

    Nos vamos de rebajas. Antes de salir de casa hemos discutido por lo de siempre: Pascualita. No me parece que sea adecuado llevarla de tiendas pero la abuela no ha dado su brazo a torcer. Dice que ir de rebajas es algo que debe aprender por si alguna vez vuelve a su hábitat natural. Seguro que tendrá mucho éxito si las implanta allí. Ante éste "razonamiento" no hay más que hablar.
    Hemos pateado Palma entrando en muchas tiendas a tocar, ver, remover y en la mayoría de los casos, salir sin nada para acabar, finalmente, en los grandes almacenes. Hemos subido y bajado por las escaleras automáticas un montón de veces, no sé por qué aunque sospecho que a la abuela disfruta haciéndolo - Pascualita ya debe estar mareada... ¿buscas algo en concreto? - "Se supone que en rebajas has de ir a por la ganga, sea lo que sea" - ¿Aún no la has encontrado? - "No, pero no desespero" - Pues yo sí. Creo que te esperaré en la cafetería. Ven a buscarme cuando hayas acabado. Mis pies lo agradecerán - Así que la dejé (las dejé) que siguiera con su búsqueda mientras me tomaba un café con leche.
    Debía llevar media hora esperando cuando ví que algunos clientes del bar pagaban y salían corriendo rumbo a las escaleras. Me alarmé. ¿No habrá fuego? me dije. Los móviles sonaban e inmediatamente su dueña (por regla general) salía a toda prisa. - Perdone, ¿que ocurre? - ¡Hay pelea en la planta de Mujer! - Mi sexto sentido despertó - ¿La abuela?... ¡La abuela! - Dejé unas monedas en la mesa y corrí hacia allí. ¡Menudo follón se había armado en la planta de Mujer!. Me subí en lo alto de un mostrador para tener una buena prespectiva. ¡Y allí estaba ella. En medio del cogollo de insultos, tortazos y gritos, tirando de una prenda de la que tiraban a su vez tres mujeres más. - Grité con todas mis fuerzas - ¡¡¡Abuela, abuela!!! - pero mi voz se perdía entre tanto ruído.
    Mucho rato después las cuatro mujeres desgreñadas, arañadas, llorosas, con la ropa descompuesta y alguna de ellas con unas marcas en la naríz que yo conocía muy bien, estaban recibiendo una reprimenda de campeonato. Sobre una mesa había un trapo desgarrado y causante de la pelea: una rebeca. Ahora debían pagarla entre las cuatro y ninguna quería hacerlo... Mis ojos se abrieron asustados ¡El termo estaba abierto!. Hice señas a la abuela señalándolo. Estaba tan alicaída que todo el mundo me miró menos ella. Finalmente me arriesgué: - ¡¡¡¿Y Pascualita?!!! - Levantó la cabeza y dijo que no con la cabeza. El vigilante que las abroncaba se dirigió a mí en actitud beligerante, como si yo tuviera la culpa de lo ocurrido - ¿Esta mujer está a su cargo? Pues tendrá que pagar ... - Pudo más mi inquietud que mi educación y le hice un magnífico corte de mangas antes de salir corriendo hacia la planta de Mujer. Busqué por la zona de la pelea, me arrastré por el suelo, miré, una por una, las prendas colgadas y deshice las dobladas ante la mirada airada de alguna empleada. Nada, Pascualita no apareció. Volví junto a la abuela. Todavía seguían debatiendo acaloradamente, si pagar o no pagar el guiñapo en que habían convertido a la rebeca. Zanjé la discusión poniendo el dinero sobre el mostrador. Cogí a la abuela del brazo y bruscamente, metí lo que quedaba de la rebeca en mi bolso - ¡Vámonos!- - "¡Me niego a que tengamos que ser nosotras las que paguemos el pato!"- gritó la abuela. Atrás quedaron llorando a moco tendido las heridas por los dientecitos de tiburón mientrs sus narices no dejaban de hincharse.
    Ya en la calle, la abuela seguía insultándome - "¡Tonta, más que tonta! ¿Por qué pagas por una cosa que hemos roto todas? ¡Nunca haré carrera de tí! ¡Yo casi tenía al vigilante en el bote con mi papel de vieja desamparada!" - ¿Y qué querías, pasarte todo el día aquí? Vámonos a casa que, por hoy, ya hemos tenido bastantes rebajas - "¿Pero ... Y Pascualita? Tenemos que buscarla" - Está en mi bolso. Agarrada a la dichosa rebeca.

     

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