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Eduardo Jordà


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  • 05
    Marzo
    2013

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    Ya hemos estado aquí

    La crisis política también guardaba una extraña similitud con la actual. Cada día se descubría un
    nuevo caso de corrupción o de financiación ilegal del partido que estaba en el poder

    A veces, cuando leo las noticias o veo los informativos, tengo la sensación de haber vivido ya lo que está ocurriendo ahora. Y entonces pienso en lo que ocurrió hace más o menos veinte años, entre 1993 y 1995, cuando el desempleo alcanzaba el 24´5% (ahora está en el 26´5%) y vivíamos tiempos también muy duros. Lo mismo que ahora, aquella crisis nos pilló por sorpresa, porque pareció llegar de la noche a la mañana, sin que nadie se lo esperase, tras los años de alegría y derroche de las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla. Y de pronto, un buen día, descubrimos que vivíamos una crisis que no sólo era económica, sino también social e institucional. Recuerdo que la gasolina estaba por las nubes y que las tertulias radiofónicas eran tan violentas y gritonas como lo son ahora las tertulias televisivas. Recuerdo que en muy poco tiempo tuvimos tres devaluaciones seguidas de la peseta (porque aún no habíamos entrado en el euro y la moneda podía devaluarse). Recuerdo las cartas de rechazo de las editoriales que devolvían uno detrás de otro los manuscritos que no podían publicar. Y recuerdo que cada día se cerraba una fábrica o una empresa, y que por todas partes había huelgas y protestas ciudadanas, a veces muy violentas. No sé dónde, una cámara grabó a un grupo de manifestantes que zarandeaban el coche oficial de un político, no recuerdo cuál, y el chófer gesticulaba desesperado desde su asiento, intentando evitar algo que se parecía mucho a un linchamiento.


    La crisis política también guardaba una extraña similitud con la actual. Cada día se descubría un nuevo caso de corrupción o de financiación ilegal del partido que estaba en el poder -que entonces era el PSOE de Felipe González-, un partido que también estaba involucrado en un caso gravísimo de terrorismo de Estado y en varios episodios bochornosos de sobornos y de espionajes. Y para empeorarlo todo, ETA asesinaba cada año a unas quince personas, y casi nadie se sorprendía porque nos habíamos acostumbrado a la regularidad de los atentados de ETA del mismo modo que nos habíamos acostumbrado a la jornada semanal de fútbol o a la programación de la televisión. Y hubo un momento en que los sucesos ya no nos parecían ni dramáticos ni vergonzosos, porque ya entraban en la categoría del humor absurdo -o del humor “chanante”, si lo decimos con una palabra que entonces no existía-, como el caso del director general de la Guardia Civil que llegó a robar unos 25 millones de euros, y luego huyó de su oficina, escoltado por sus propios subordinados, hasta que reapareció medio año después, paseando en gabardina por el aeropuerto de Bangkok, como si fuera un extra caracterizado de espía para una película de serie Z.


    Quien haya vivido aquellos años recordará que no fueron tiempos nada fáciles. La desmoralización y el descontento se parecían mucho a los que vivimos ahora. La gente discutía en la calle, gritaba, se preguntaba qué demonios estaba pasando y caía en el pesimismo y en la rabia. Pero también recuerdo que había muchas cosas diferentes. La primera era que los jóvenes de aquellos años habían nacido en los años 60 y primeros 70, que fueron años relativamente austeros, y por tanto aquellos jóvenes tenían una mayor capacidad de resistencia y de aceptación de la adversidad. Y había otras ventajas: el descrédito institucional era mucho menor que ahora y no afectaba a la monarquía, por ejemplo, que en aquellos años tenía una excelente aceptación popular. La corrupción, además, no afectaba a todos los partidos –o al menos no era percibida como una condición sistemática de todos los partidos-, así que todavía se creía en la posibilidad de la alternativa política. Y por último, en aquellos años la idea de Europa no estaba desprestigiada, sino todo lo contrario, y todavía suponía un estímulo para muchos ciudadanos. Alemania, lejos de ser un país odiado y al que se le echaba la culpa de todo, era un país en cierta forma respetado y admirado. La Unión Europea era todavía un ideal que nos hacía albergar la esperanza de que pronto íbamos a encontrar nuestro verdadero lugar en el mundo. Y no sólo eso, sino que los fondos europeos seguían llegando y nos permitían construir polideportivos y aeropuertos y carreteras, por mucha crisis que hubiera y por mal que nos fuesen las cosas.


    Pero nada de esto es ahora igual. Europa ya no nos suena a generosos fondos europeos, sino a crueles políticas de austeridad y a despidos generalizados que se imponen por el capricho de unos pocos banqueros y tecnócratas. Ahora todos los partidos y todas las instituciones están dañadas o desprestigiadas. Y lo que es peor, el ideal europeo ya no forma parte de los sueños o las esperanzas de casi nadie. Pero a pesar de todo no podemos perder las esperanzas. Hace veinte años conseguimos salir de la crisis. Y ahora también deberíamos creer que algún día, por duro que sea, lograremos salir de ésta.

     

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