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Eduardo Jordà


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  • 21
    Enero
    2014

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    Vivir peor

    Los expertos avisan de que sólo un 30% de la población -la mejor preparada- podrá tener un empleo más o menos digno

    Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, casi todo el mundo estaba convencido de que iba a vivir una vida muy parecida a la que habían vivido sus padres o sus abuelos. Y hasta se podría decir que la idea de vivir mejor era un disparate que a nadie „con la excepción de unos pocos privilegiados„ se le podía pasar por la cabeza. Uno se conformaba con no perder lo poco que tenía, casi siempre un trozo de tierra miserable y una choza o una cabaña en la que malvivían diez o quince personas, y sabía que de una forma u otra tendría que irse a otro sitio a buscarse la vida, o hacerse cura, o embarcarse a América como soldado de fortuna o como aventurero, si quería vivir un poco mejor que sus antepasados. Es cierto que en algunas épocas había habido una cierta movilidad social „en el Imperio Romano, por ejemplo„, pero después llegaron los largos periodos en que la sociedad se mantuvo estancada en una rígida estructura estamental, de modo que cada grupo social vivía su vida a espaldas de las demás: los siervos vivían con los siervos, los clérigos con los clérigos y los aristócratas con los aristócratas. Los contactos entre un grupo y otro eran mínimos, así que era muy difícil pasar de un grupo a otro, ya fuera por una boda o por un enriquecimiento súbito.

    Esto último sólo era posible para unos pocos miembros del tercer estado „pintores, artesanos, médicos, marinos, tratantes de esclavos, prestamistas, aventureros„ que conseguían salir de su clase social y ascender hasta la nobleza o sus aledaños. Velázquez lo consiguió en la corte de Felipe IV, y un siglo y medio después lo logró Goya en la de Carlos IV, pero la mayoría de la población „el campesinado que pagaba tributos y malvivía con lo poco que tenía„ no podía aspirar a vivir algo así, a no ser que viviera una especie de milagro. Cuando el Greco pintó El entierro del conde de Orgaz, no había ni un solo campesino representado en el cuadro (en el que sólo se veían nobles y eclesiásticos), pero fueron los campesinos del pueblo de Orgaz los que tuvieron que pagar el cuadro y la costosa ceremonia eclesiástica, algo que ahora nos puede parecer vergonzoso, pero que si bien se mira no es tan distinto de lo que ocurre en nuestros tiempos.

    En el siglo XVIII fueron cambiando un poco las cosas, y cambiaron aún más en el siglo XIX. El general Prim entró en el ejército como soldado raso y cincuenta años más tarde era presidente del consejo de ministros (aunque duró muy poco en el cargo y fue asesinado). La figura del indiano que había hecho fortuna en América se hizo popular, y sus mansiones con estilos arquitectónicos un punto extravagantes „para dejar bien claro el origen exótico de la fortuna„ empezaron a verse en las zonas más selectas de las ciudades. Y fue entonces, a finales del siglo XIX, cuando por primera vez en la historia los hijos empezaron a creer que iban a poder vivir un poco mejor que sus padres y bastante mejor que sus abuelos. Fue un fenómeno social que nunca antes se había visto, al menos entre nosotros, y que continuó a lo largo de todo el siglo XX. Ninguno de mis abuelos, por ejemplo, fue a la universidad, pero mi padre ya pudo hacerlo „tuvo mucha suerte„, y mi generación fue la primera que tuvo un acceso masivo a la universidad en los años 60 y 70. Y mientras esto sucedía, se vivían una serie de mejoras sociales que nos hacían pensar que cada vez podríamos vivir mejor: la Seguridad Social se iba extendiendo a toda la población, la legislación incorporaba más y más derechos laborales, el crecimiento económico sostenido parecía imparable, y el sector público podía ofertar una gran cantidad de empleos bien remunerados.

    Todo esto, por desgracia, ya es cosa del pasado. Los mejores expertos económicos avisan de que estamos entrando en una nueva fase económica en que sólo un 30% de la población „la mejor preparada y la que tenga acceso al mundo del conocimiento„ podrá tener un empleo más o menos digno, mientras que el resto volverá a vivir en la penuria y en la proletarización absoluta. Volvemos a una especie de nueva sociedad estamental, con ricos muy ricos y pobres cada vez más pobres, y nadie sabe muy bien cómo detener este proceso. Y la rabia y el desconcierto cada día van en aumento. Mal asunto, sí, mal asunto.

     

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