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Eduardo Jordà


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  • 21
    Octubre
    2013

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    Vida de Henri Parot

    He leído un poco sobre Henri Parot, el hombre que mató a 82 personas durante sus años de militancia en ETA y que ayer y hoy llenará todas las noticias de los informativos. Hijo de vasco-franceses, nació en 1958, en Argelia, cuando Argelia era colonia francesa –y por tanto Parot era lo que se llamaba un “pied noir”-. Sus padres querían ponerle Unai, pero el funcionario francés no lo permitió y le pusieron Henri. Años después, Unai pasaría a ser el nombre de guerra en ETA. Pero antes, a los 16 años, Parot volvió a Francia y se instaló en Bayona, donde se puso a estudiar euskera y se integró en un grupo de ideas socialistas y vagamente cristianas (la mezcla ideológica de cristianismo y nacionalismo debería estudiarse algún día a fondo). Por esas mismas Parot estaba en un bar frecuentado por emigrados vascos cuando un grupo de pistoleros de la extrema derecha española ametralló el local. El hermano de Parot, Jean, que estaba allí con él, le salvó aquel día la vida. Ese hermano de Parot, pasado el tiempo, también ingresaría en ETA.


    Con este comienzo se podría escribir un western, pero la vida de Parot da más bien para una telenovela colombiana de sicarios y asesinos a sueldo. A los veinte años, Parot ingresó en ETA y enseguida participó en el ametrallamiento de un empresario vasco que no había querido pagar el “impuesto revolucionario”. Parot y otro militante de ETA, también vasco francés, le dispararon dos tiros en la cabeza y luego huyeron en un SEAT 124. Después Parot se especializó en atentados con bomba. En el año 87, Parot participó en el atentado contra la casa-cuartel de Zaragoza, en el que murieron once personas, entre ellas cuatro niños. En 1990 detuvieron a Parot en un control rutinario, cerca de Sevilla, donde iba a colocar un coche bomba que pretendía volar la jefatura superior de policía, un edificio que estaba en el centro de la ciudad, justo al lado del Corte Inglés (imagino que Parot pensaba en ese atentado como su “opus magnum”, por así decir). Por entonces ya había matado —repito lo que he dicho al principio— a 82 personas.


    Digo esto porque casi nadie se acuerda ya de Henri Parot ni de lo que hizo ni las razones que le han llevado a vivir estos momentos de fama casi póstuma. De hecho, casi nadie se acuerda ya de ETA ni de lo que significó. Todo lo que ocurrió hace más de diez años, antes de la era de Google y de Twitter y Facebook, parece haber ocurrido hace cincuenta años, como si fuera contemporáneo de las actuaciones de los coros y danzas en la televisión, o yendo aún más lejos, de las películas mudas de Buster Keaton. También conviene recordar —y esto es muy importante— que cuando Henri Parot ametrallaba empresarios que no habían querido pagar un “rescate” —un negocio que ahora regentan en México, y con gran éxito, los narcos del clan de los Zetas—, muchos de nosotros, lo que teníamos casi la misma edad que tenía Henri Parot, pensábamos que estaba haciendo el trabajo sucio que la Transición no había querido hacer, y que simplemente estaba eliminando a torturadores franquistas y a cerdos capitalistas. Cualquiera que tenga un poco de memoria sabrá que fue así: se disculpaban los crímenes de ETA como algo inevitable y sórdido de lo que era mejor no hablar ni comentar nada. Y yo nunca oí en aquellos años a alguien que estuviera en mi círculo de amistades —y yo el primero— y que criticara los crímenes de los etarras, o siquiera se plantease que aquello era una estupidez sin sentido. Era más bien al contrario, veíamos a los etarras como una especie de vengadores solitarios que hacían lo que nadie más se había atrevido a hacer. Y nos llevó muchos, muchos años, entender que esos etarras representaban la ideología más tétrica y nauseabunda que uno se pueda imaginar, y que en realidad no había ninguna diferencia entre un terrorista de la extrema derecha, ya fuera de la Triple A o de la policía secreta de Pinochet, o uno de ETA o de las Brigadas Rojas italianas, salvo las excusas y la simbología que buscaban para sus crímenes, o los gritos y la palabrería histérica con que acompañaban lo que ellos denominaban sus “acciones”.


    Digo todo esto porque hoy todo el mundo estará hablando de unos hechos que en realidad casi ya se han olvidado. Alguien que ahora tenga treinta años apenas podrá saber qué demonios quieren decir las frases “comando Madrid” o “etarra arrepentido” o esa misma ‘doctrina Parot’ de la que se hablará durante días y días. Por eso he repasado el historial de Henri Parot. Para que al menos sepamos quién fue.

     

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