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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 16
    Julio
    2013

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    Universos paralelos

    Me gusta constatar que hay gente que hace su trabajo y que vive en un mundo que no tiene nada que ver con ese otro mundo paralelo de mentiras y sobresueldos y comisiones ilegales

    En los dos últimos dos días he visto todas estas cosas: una pareja de monjas que llevaba a pasear a un grupo de disminuidos psíquicos; una mujer marroquí que guarda el ayuno del Ramadán, así que no bebe ni come nada desde que sale el sol hasta que se pone, pero que sigue trabajando todos los días en un hotel –y luego limpiando casas- para mandar dinero a su familia en Marruecos (su madre tiene cáncer y ella debe pagarle el hospital); un hombre que descargaba cajas de pescado a primera hora de la mañana y que mañana seguirá descargando cajas de pescado a primera hora de la mañana; dos pintores colgados de un arnés y pintando la fachada de un edificio bajo un sol de mil demonios; una chica que trabaja todo el verano en una tienda de alimentación para pagarse sus estudios: de Derecho, creo, y de Economía.

    Y he visto más cosas: un estudiante de Bachillerato que recorre cada día varios kilómetros en bicicleta para dar clases particulares a los hijos de una familia que veranea en un chalet; una mujer ecuatoriana que trabaja en la cocina de una pizzería y a la que vi una noche, en una pausa del trabajo, mirando con curiosidad y con tristeza la pantalla de su móvil; la tripulación de un helicóptero de salvamento marítimo, tomándose una cerveza al final de la jornada de trabajo; un retén de bomberos jugando a la petanca, ya que por suerte, y de momento, no hay alarmas de incendios y todo está tranquilo (crucemos los dedos); dos chicas que montaban un tenderete en un mercadillo y se turnaban bajando de una furgoneta los tubos metálicos; un hombre que enseñaba a pescar a su hijo en un espigón; una mujer que empujaba la silla de ruedas en la que llevaba a una chica, paralítica cerebral, a la que con una mano le iba limpiando la baba y a la que con la otra mano le iba acariciando la frente…

    He visto muchas más cosas, por supuesto, pero éstas se me han quedado grabadas y ahora puedo evocarlas. Algunas, incluso, las he anotado en una libreta que llevo a todas partes: “Mujer empujando silla de ruedas. Pintores pintando una fachada de color vainilla. Padre que enseña a pescar a su hijo”. Lo hago porque me gusta dejar constancia de que hay gente decente que se empeña en llevar una vida decente. Y mucho más ahora, cuando todo el mundo está hablando de Luis Bárcenas y de los posibles —o presuntos, o hipotéticos— sobresueldos de Rajoy. Puede que esos sobresueldos sean verdad o puede que sean mentira, aunque me temo que todo el mundo está convencido de que son verosímiles, y por tanto probables. Y a pesar de que no hay ninguna prueba y todo podría ser una insidia urdida por un mal bicho (ese hombre, Luis Bárcenas, lo es), lo malo es que la mayoría de nosotros cree que esa historia es cierta, o que podría ser cierta. Y por eso, insisto, me gusta constatar que hay gente que hace su trabajo y que vive en un mundo que no tiene nada que ver con ese otro mundo paralelo de mentiras y sobresueldos y comisiones ilegales. 

    Para la mujer marroquí que trabaja diez horas al día, sin dejar de guardar el ayuno del Ramadán, o para el hombre que descarga cajas de pescado, o para la mujer que empuja el carrito en el que lleva a chica, mientras le limpia la baba y le acaricia la frente, la vida está hecha de otras cosas: trabajo duro, sacrificio, esfuerzo, buena voluntad. Y puede ser que en nuestra sociedad haya muchas cosas de las que debamos avergonzarnos, pero también es bueno saber que hay gente —mucha gente— que sabe vivir su vida de la forma más digna posible, y no pide demasiado, o sólo un poco, y se conforma con vivir con un mínimo de confort, y desdeña los lujos y la ostentación porque sabe que hay cosas mucho más importantes. El amor y el cariño, por ejemplo. O el trabajo bien hecho. O la palabra que han dado y que les gusta respetar.

    En medio de la algarabía de los escándalos de la política, es fácil pensar que lo único real es el espectáculo lamentable de unos políticos que tartamudean que son inocentes, mientras otros políticos gruñen como una jauría de hienas pidiendo su dimisión y exigiendo una política digna, cuando en sus propios partidos han ocurrido —y quizá sigan ocurriendo— las mismas miserias y las mismas trapacerías. Y puede que las comisiones y los sobresueldos sean reales. Pero también son reales esas personas anónimas que hacen su trabajo y viven su vida con una dignidad que está a prueba de mentiras y comisiones y sobresueldos. Benditos sean.

     

     

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