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Eduardo Jordà


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  • 21
    Mayo
    2013

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    ¿Una contrarreforma?

    Una de las cosas más raras que nos ocurren es que todo el mundo parece estar de acuerdo en que nuestro sistema educativo no funciona, pero cuando alguien propone una reforma, todo son críticas y gritos y acusaciones

    Mientras escucho a Tim Buckley, el padre de Jeff, leo las críticas que se están lanzando contra el anteproyecto de ley educativa del ministro Wert (la LOMCE, creo, y pido perdón por estas siglas tan feas). Según veo, este nuevo proyecto educativo instaurará un “sistema segregacionista y discriminatorio”, y también supondrá una “involución franquista que fomentará la desigualdad educativa”. En palabras de un egregio político, esta nueva ley “retrotrae la educación a un periodo preconstitucional”. No sé si esta ley, si algún día llega a aprobarse, será segregacionista y discriminatoria. Tampoco sé si supondrá una involución franquista. Pero cuando un dirigente político usa tan pancho el verbo “retrotraer” —que yo creía que sólo usan los logopedas para los pacientes con problemas graves de pronunciación—, es que nos hace falta una urgente reforma educativa. Ahora mismo intento pronunciar muy despacio “re-tro-tra-er” y casi estoy a punto de ahogarme.

    Una de las cosas más raras que nos ocurren es que todo el mundo parece estar de acuerdo en que nuestro sistema educativo no funciona, pero cuando alguien propone una reforma, todo son críticas y gritos y acusaciones de “retrotracción a los tiempos del franquismo”, y que conste que uso “retrotracción” sabiendo que es una palabra que no existe, pero que pronto existirá en la “neolengua” que usan muchos políticos y sindicalistas como el que ya he citado. Vamos a ver: todas las pruebas externas y todos los informes dicen que muchos de nuestros alumnos tienen un nivel escandalosamente bajo. El índice de abandono escolar es intolerable. El paro juvenil es uno de los más altos de Europa. Muchos alumnos no son capaces de redactar una frase muy sencilla con sujeto, verbo y predicado. Y otros muchos están a punto de sufrir un derrame cerebral cuando tienen que intentar comprender una frase de tres líneas. Cualquiera que hable con profesores sabe lo desmoralizados y enfadados que están. Y encima, los políticos usan tan campantes el verbo “retrotraer” sin que a nadie se la caiga la cara de vergüenza. ¿Hace falta algo más para demostrar que necesitamos cambiar un sistema que no funciona?
    Lo que yo he leído del anteproyecto parece bastante razonable, salvo lo de las clases de Religión, claro, que son de una torpeza inconcebible y que suponen una claudicación ante los sectores más reaccionarios del PP. Ya sé que entre nosotros es imposible llegar a cualquier clase de acuerdo con lo que consideramos el enemigo ideológico, pero cualquier persona inteligente debería ver las ventajas de esta nueva ley (quitando, insisto, la obligatoriedad de las clases de Religión). Y entonces, ¿cuál es el problema? Pues que esta nueva ley vuelve a introducir la Formación Profesional, que fue desmantelada por la Logse en 1992 con el argumento de que era “discriminatoria” y “segregacionista” (¿les suenan estas palabras?). Yo fui durante bastantes años profesor de FP, y no vi nada discriminatorio ni segregacionista en las aulas ni en los talleres, sino más bien todo lo contrario. Pero en España hay un prejuicio muy extendido contra todo lo que esté asociado con el trabajo manual, y este prejuicio —aunque nos cueste creerlo— es una herencia de la antigua tradición de los hidalgos que vivían de sus rentas más bien imaginarias y que preferían morirse de hambre antes que rebajarse a trabajar. Y este prejuicio cultural se ha fundido con las nuevas teorías pedagógicas que confunden el igualitarismo social con el igualitarismo intelectual, así que hoy por hoy aceptamos que haya estudiantes de Derecho —conozco algunos— que no han sido capaces de leer un solo libro en su vida, y en cambio, nos negamos a tener técnicos cualificados que puedan ganarse la vida sin necesidad de cursar una carrera universitaria. Y por eso gritamos que esta reforma es segregacionista.

    De todos modos, el inmenso error de las clases de Religión hará que una reforma necesaria no consiga el apoyo de casi nadie. Y todo, una vez más, acabará en una reforma limitada, parcial y condenada al fracaso. Otro desastre.

     

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