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Eduardo Jordà


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  • 18
    Febrero
    2014

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    Un país muy extraño

    Estos días se ha descubierto que un alto cargo del PP —todo un secretario de Estado, ni más ni menos— había amañado su currículum con titulaciones que no tenía

    Cuando se proclamó la II República, en 1931, y el rey Alfonso XIII tuvo que exiliarse en Italia, alguien encontró en el antiguo Palacio Real la corona de los reyes escondida en un armario ropero. Cuando leí esto pensé que era una broma o una fábula inventada por algún malintencionado, pero todo parece indicar que esa historia es cierta, por muy absurda o incluso cómica que parezca. ¿Cómo es posible que el rey se dejara atrás una corona que le pertenecía? Aquella corona era muy valiosa, y aparte de su valor simbólico para la casa real, debía de costar una fortuna. En caso de apuros económicos —y la familia de Alfonso XIII los pasó—, habría podido subastarse de forma discreta en algún sitio sin que nadie se enterase.

    Pero entoces, ¿cómo es posible que la corona se quedase olvidada en un armario? Me pregunto si un mayordomo palaciego, siguiendo las órdenes del rey, la estuvo buscando como un loco cuando la familia real ya estaba haciendo las maletas, aunque no pudo encontrarla porque nunca se le ocurrió buscarla en los armarios. O a lo mejor no fue así, porque el rey —o alguno de sus consejeros— aconsejó dejar la corona en el palacio, como una especie de melancólico regalo de última hora al pueblo español (al que tan pocos regalos había hecho durante su mandato, dicho sea de paso). De todos modos, se me ocurre que ésta es una posibilidad bastante remota. Entonces, ¿por qué se quedó la corona en un armario? ¿Alguien la había intentando ocultar y luego no tuvo tiempo de rescatarla? ¿Se perdió en un descuido, en medio de la conmoción y de las prisas del desalojo apresurado del palacio? ¿Algún sirviente la quiso robar y la dejó allí? ¿O el rey y su familia no quisieron la corona porque ya les daba todo igual, una vez perdido el trono? Cualquiera sabe.

    Cuento esto porque casi todas las noticias actuales que leemos parecen tan absurdas y tan cómicas —y tan incomprensibles— como esa historia de la corona real olvidada en un armario ropero. Pienso, por ejemplo, en la detención de los tres manifestantes a favor del aborto que irrumpieron durante una misa en la iglesia de Sant Miquel de Palma. Ya sé que lo que hicieron esos manifestantes fue bastante absurdo y cómico —e incomprensible—, pero no creo que se deba detener a nadie por irrumpir en una iglesia a la hora de misa. No olvidemos que a estas horas hay docenas y docenas de condenados por casos muy graves que andan tan campantes por la calle, ya que han solicitado el indulto o han tramitado un nuevo recurso que con suerte se fallará dentro de veinte o treinta años, cuando nadie va a acordarse ya del caso. También sé que la detención de esos manifestantes no tendrá consecuencias penales, o al menos eso espero, pero se les ha retenido durante unas horas —o unos días— y se les ha acusado de hacer algo ilegal. Y si algún día se les procesa por estos hechos, es posible que su conducta les ocasione alguna clase de inhabilitación política. Y repito que me pareció muy tonto lo que hicieron, porque hay cientos de formas más inteligentes de protestar contra ese proyecto de ley. En muchos casos bastaría difundir los testimonios de los padres de niños nacidos con malformaciones graves que no tienen ayudas económicas de ninguna clase. ¿Qué cara se les queda a esos padres que decidieron seguir adelante con un embarazo problemático? ¿Es eso justo?

    Y esto no es todo. Estos días se ha descubierto que un alto cargo del PP —todo un secretario de Estado, ni más ni menos— había amañado su currículum con titulaciones que no tenía. No es el único caso, por supuesto. Pilar Rahola se inventó un doctorado que no había conseguido, lo mismo que Carme Chacón. Tomás Burgos, otro secretario de Estado del PP, se hizo pasar por médico sin tener la titulación. Elena Valenciano se adjudicó dos carreras cuando no había terminado ninguna. Patxi López se atribuyó la carrera de ingeniería sin tenerla, y po-dríamos seguir y seguir. Lo malo no es que estos políticos —y tantos otros— carezcan de titulación alguna, sino que mientan y falseen su currículum sin ningún temor a que algún día sean descubiertos, porque al final todo se convierte en un prodigioso ejercicio de impostura y de cinismo. Pero quizá sea normal que eso ocurra aquí, en España, ese extraño país donde un rey se dejó olvidada la corona real en un armario ropero.

     

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