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Eduardo Jordà


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  • 04
    Febrero
    2014

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    Un oscuro desván

    Cualquiera de nosotros, desde hace quince o veinte años, es un sospechoso en potencia de haber cometido alguna clase de delito sexual

    Hace tiempo vi en uno de los cientos de canales de la televisión americana una reposición de la película Woodstock. La película —o más bien el documental— se rodó en el festival rock de Woodstock, en 1969, y en una de las escenas se veía a un grupo de asistentes —chicos y chicas— que se bañaban desnudos en un lago. Era una escena apacible, casi edénica, en la que sólo se veían cuerpos jóvenes entrando y saliendo del agua. Yo había visto esa película en un cine de Londres, hace siglos —en España creo que no llegó a estrenarse—, y recordaba muy bien aquella escena del baño en la laguna. Pero cuando la volví a ver en la televisión americana, noté que había algo raro en la pantalla, una especie de desenfoque. Al principio creí que le había dado a una tecla del mando que había distorsionado la imagen, hasta que caí en la cuenta de que todos los desnudos estaban ‘pixelados’. Es decir, que unos jóvenes que se bañaban desnudos en un lago podían verse en los cines ingleses y americanos de 1970, pero 42 años más tarde, a finales del 2012, no se podían ver en la televisión porque se consideraba un espectáculo obsceno. Y eso que en esa misma televisión se podían ver a todas horas asesinatos, violaciones, autopsias en directo y toda clase de torturas.

    La actitud frente al sexo ha cambiado mucho, sobre todo en Estados Unidos, pero no sólo allí, y lo que era más o menos normal o al menos admisible entre los años 70 y 90, empezó a dejar de serlo cuando entramos en el nuevo milenio. A pesar de que vivimos en una sociedad hipersexualizada en que las niñas de doce años pueden participar en concursos de misses y vestirse como una ‘dominatrix’ de un local sado-maso —y en la que cualquier desaprensivo puede hacer lo que quiera si trabaja de ejecutivo financiero en Wall Street—, se ‘pixelan’ las imágenes de unos hippies que se bañan desnudos porque alguien cree que un simple desnudo es una especie de perversión o amenaza moral. Y hay que tener en cuenta que la aversión hacia el sexo no sólo viene de los sectores más conservadores y más ultrarreligiosos, porque la obsesión —justificable— por proteger a los menores de cualquier clase de abuso o perversión también ha intervenido en este proceso, ya que todas estas investigaciones y campañas a favor de los niños sometidos a abusos —unas campañas muy necesarias, repito— han empezado a teñir de toda clase de sospechas unas conductas que a lo mejor no tienen nada de sospechoso ni de perverso. Y las cosas han llegado hasta el punto de que cualquiera de nosotros, desde hace quince o veinte años, es un sospechoso en potencia de haber cometido alguna clase de delito sexual.

    Ahora mismo, Dylan Farrow, que fue una de las hijas adoptivas de Woody Allen cuando el director estaba casado con Mia Farrow, ha vuelto a desempolvar las acusaciones de abuso sexual que Woody Allen cometió con ella cuando era una niña de siete años. Dylan Farrow tiene 28 años, pero aún recuerda muy bien que Woody Allen la llevaba a un oscuro desván y abusaba sexualmente de ella, mientras la obligaba a mirar el tren de juguete de su hermano. Por lo que parece, Woody Allen la convencía para hacer aquellas cosas contándole que algún día se irían a París y que haría de ella una estrella de cine. “Eres una buena niña y éste es nuestro secreto”, le susurraba.
    ¿Podemos creernos estas acusaciones? No hay que olvidar que estas acusaciones salieron a relucir por primera vez cuando Woody Allen se divorció de Mia Farrow y que en su momento no se pudieron probar de ninguna manera. Pero ahora, no sabemos por qué, estas acusaciones vuelven a hacerse públicas. Ya sé que estas cosas no se olvidan —si han sucedido de verdad—, pero uno se pregunta hasta qué punto es posible evocarlas con tanta nitidez como hace Dylan Farrow, sin olvidar esos pequeños detalles intrascendentes que Chéjov aconsejaba usar a los aprendices de escritores: ahí está el tren eléctrico de su hermano, por ejemplo, o esa promesa de que su papá adoptivo se la llevaría a París y la convertiría en una estrella de cine, una promesa que uno entiende si la hace un director de cine a una adolescente, pero que no parece imaginable ni lógica cuando se le hace a una niña de siete años.

    ¿Son creíbles estas acusaciones? ¿O sólo son fruto del resentimiento y la rabia? ¿O responden más bien al deseo de ganar notoriedad del modo que sea? No tengo ni idea. Nadie puede saber lo que ocurre entre las cuatro paredes de una casa, ni mucho menos en ese oscuro desván donde había un tren de juguete. Pero uno tiene la sensación de que se hacen demasiadas acusaciones a la ligera. Ya sé que no podemos estar seguros de nada y que no se pueden tolerar los abusos, pero vivir en la sospecha permanente quizá sea igual de malo.

     

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