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Eduardo Jordà


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  • 07
    Mayo
    2013

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    Un niño en un campo de fútbol

    Cada día oímos decir que vivimos en una sociedad “criminal”, “caníbal” o “asesina de pobres”.

    En un campo de fútbol veo a un niño en una silla de ruedas entre un grupo de futbolistas benjamines (o alevines, no sé muy bien la diferencia). El niño lleva una equipación deportiva igual que la de sus compañeros y se hace una foto con todos los demás. Cuando los demás niños terminan de jugar su partido, un cuidador que lleva el chándal del equipo –una escuela de fútbol base, supongo- empuja la silla de ruedas y se lleva a ese niño hacia los vestuarios. Y justo entonces me doy cuenta de que ese niño no tiene piernas, tan sólo pies.

    Hace cien años –o incluso menos- ese niño sería un monstruo, o en todo caso un desgraciado sin ninguna esperanza, pero ahora no lo es en absoluto. Forma parte de un equipo de fútbol base, del que debe de ser una especie de mascota, y tiene sus cuidadores y amigos. Y sobre todo tiene a sus padres, que decidieron tenerlo a pesar de todo, porque imagino que vieron las ecografías en su momento y que decidieron enfrentarse a una nueva vida con un niño así. No olvidemos que ese niño nació hace ocho o nueve años, cuando todas las madres recibían la información necesaria sobre el hijo que iban a tener, para que pudieran actuar en consecuencia si ese hijo iba a nacer con problemas. Pero eso es algo que no sabemos si seguirá siendo así, porque el PP está estudiando cambiar la actual legislación del aborto, hasta el punto de que el ministro Ruiz-Gallardón pretende eliminar el riesgo de malformaciones como una de las causas para autorizarlos.

    Ya sé que es un tema muy complicado. Cualquiera que haya visto una ecografía sabe que lo que late allí dentro es algo más que un simple pingajo de carne que se puede tirar a la basura. Y quizá eso fue lo que pensaron los padres –o la madre- de ese niño sin piernas que he visto en el campo de fútbol. Pero no todo el mundo es como esos padres –o esa madre- que decidieron tener a un niño así. Hay gente que no tiene la suficiente madurez o la suficiente experiencia de la vida –o ni siquiera las mínimas condiciones económicas- para hacer frente a una vida tan complicada. Supongo que los padres de ese niño se lo pensaron bien cuando supieron lo que iban a tener, y al final decidieron ofrecerle una vida digna a su hijo,  aunque sabían que eso significaba renunciar a muchas cosas. Pero imagino que esos padres contaban con medios suficientes para hacer frente a una tarea tan complicada: una casa decente, unos buenos sueldos, una cierta disponibilidad horaria, y quizá abuelos o tíos o familiares cercanos que estaban dispuestos a echar una mano. Y eso no lo tiene todo el mundo.Lo digo porque quienes promueven la reforma de la ley del aborto son también los que están recortando las ayudas de la Ley de Dependencia, y me pregunto qué pensarán ahora las parejas que decidieron tener hijos con malformaciones –justo como ese niño- cuando ven que las ayudas están en peligro o incluso han sido eliminadas. Ese niño no puede desplazarse por sí mismo, así que necesita una silla de ruedas, además de un cuidador que esté las veinticuatro horas a su lado y una familia dispuesta a realizar un esfuerzo gigantesco que no todo el mundo está en condiciones de realizar. Y si esa familia o esa madre en concreto han sabido salir adelante con ese niño, también hay otras muchas madres que no serían capaces de hacerlo, y esas madres o esas parejas también tienen derecho a decidir sobre cómo quieren que sea su vida, sobre todo si tienen la mala suerte de que les toque concebir un hijo así, ¿o no?

    Mientras veía cómo el monitor del equipo se llevaba a aquel niño del campo de fútbol, pensé en los insultos que cada día se lanzan contra nuestra sociedad. Cada día oímos decir que vivimos en una sociedad “criminal”, “caníbal”, “asesina de pobres” o que “obliga a los desesperados a suicidarse”, y es posible que eso sea así en algunos casos, pero también vivimos en una sociedad que ha conseguido el milagro de convertir en un niño normal a ese niño que sólo hace sesenta años habría sido un monstruo de “Freaks” o de una película de Buñuel. Y puede que haya muchos motivos para estar enfadados con lo que pasa, pero también hay muchos, muchísimos motivos para estar orgullosos del país en el que vivimos.

     

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