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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 11
    Septiembre
    2012

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    Un aria de Mozart

    El día siguiente de enterarme de la muerte de Cristóbal Serra, me entero de la muerte de Maria Riera, que fue la telefonista de este diario durante casi treinta años. Este año 2012 parece empeñarse en batir los récords de muertes de personas próximas. Hace casi dos semanas murió ahogado en Portopetro, mientras nadaba de regreso a su barca, Emilio Fernández Miró, a quien nadie llamaba así, sino tan sólo Emi Miró. En las fotos que se hizo con su abuelo Joan Miró y con su hermano David, el día que fueron a ver a Picasso a su refugio de la Costa Azul, Emi era un niño de diez años que sonreía mientras miraba a la cámara con una seguridad y un aplomo que es difícil imaginar en un niño. No sé por qué, pero tengo la impresión de que Emi Miró, a lo largo de los años, nunca dejó de sonreír con la misma seguridad y el mismo aplomo. Ya sé que tuvo sus momentos malos y sus manías y sus neuras —como todos—, pero yo lo recuerdo sonriendo siempre, hiperactivo y nervioso, sacudiendo los pendientes que llevaba en la oreja derecha, que eran muchos, y hablando de caza y de música y de calas escondidas que acabañaba de descubrir, o entusiasmándose con su hija Lola, a la que le puso ese nombre —y no querría equivocarme— por la canción de los Kinks.

    También recuerdo cómo Emi Miró me contó el día en que Kevin Ayers, en la barra del Saint Émilion (“es barito”), se terminó de tomar su quinta o sexta copa y se derrumbó sobre la barra y empezó a sollozar o a rezar o a suplicar: “¡Rickie Lee Jones, Rickie Lee Jones!”. Y el día en que me llevó con otros amigos a su casa, en compañía del poeta Leopoldo María Panero, que llevaba un ejemplar del Ulises en la traducción argentina de Salas Subirats, y farfullaba no sé qué cosas sobre la poesía china y el psicoanálisis, y que al amanecer vació una botella de orujo mientras alguien —quizá yo mismo— aporreaba un piano. Y ahora que lo pienso, es curioso que tanto Kevin Ayers como Leopoldo María Panero, que llevan coqueteando con la muerte desde hace décadas, sigan vivos a estas alturas del tiempo, mientras que Emi Miró, que parecía haber nacido para disfrutar de la vida durante muchos años, ya no esté entre nosotros. Por eso me sorprendió tanto oír la noticia de su muerte. “Emi se ahogó como Denis Wilson, el de los Beach Boys”, me dijo Juanma Riera, que fue muy amigo suyo, cuando me lo contó. “Y como Jeff Buckley, que también se ahogó mientras nadaba en el Mississippi y cantaba en el agua”, le contesté. Y entonces los dos nos preguntamos si Emi Miró también se habría puesto a cantar mientras nadaba aquella noche, y pensamos que sí, o que al menos se merecía haber muerto así, nadando y cantando en una hermosa noche de verano.

    Y ahora vuelvo a Maria Riera, la telefonista de este periódico que también murió la semana pasada. Todos sabemos que suele ser una tortura llamar a determinados sitios, porque estamos seguros de que nos vamos a encontrar con una voz tenebrosa o antipática que nos va a hacer las cosas mucho más difíciles de lo que ya suelen ser de por sí. Nada de esto sucedía con Maria Riera. Cada vez que llamabas a este periódico —y lo sé porque me ha sucedido docenas de veces— te respondía una voz melodiosa y alegre que parecía estar tarareando un aria de Mozart. Supongo que Maria llevaba horas y horas trabajando, pero de algún modo que no consigo explicarme seguía manteniendo la misma jovialidad y la misma vitalidad. Cálida, amable, atenta, bromeaba contigo mientras te pasaba la llamada, y al mismo tiempo te hacía un comentario ingenioso sobre los últimos acontecimientos de la política local. Nunca le oí una queja o un lamento o un signo de mal humor. Parecía estar allí, al otro lado de la línea, como si se encontrara en el mejor lugar de la tierra y en el mejor de los mundos posibles. Muy poca gente valora a las personas como Maria Riera, a las que tratamos como simples subordinados que están obligados a hacer su trabajo. Pero es justo lo contrario: es la gente como Maria Riera la que hace posible, con su amabilidad y con su humor inquebrantable, que este mundo no se vuelva una casa de locos o un reñidero de gallos, o peor aún, las dos cosas a la vez. Así que hoy recuerdo su sonrisa y su voz cálida y su amabilidad. Y sé que si hay justicia en esta tierra, algún día yo contestaré al teléfono, y será ella la que me estará llamando, sólo que yo me habré contagiado —como por una especie de gracia divina que ella me habrá concedido— de esas virtudes suyas que ahora también serán mías. Sí, estoy seguro de que esto será posible por alguna pirueta incomprensible del azar: un día ella llamará al teléfono, y yo le contestaré con alegría y humor, como si estuviese tarareando un aria de Mozart.

     

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