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Eduardo Jordà


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  • 19
    Noviembre
    2013

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    Tulipanes

    El rescate bancario ha terminado, pero las familias arruinadas y los hombres con la dignidad destruida siguen todos ahí: aquí enfrente, como aquel que dice.

    Un día de enero de 1637, un jardinero de Ámsterdam compró un bulbo de tulipán por 1.230 florines –una fortuna para la época-, pensando que podría venderlo a los pocos días por el doble de su valor. Era la época de la fiebre de los tulipanes, cuando muchos holandeses especulaban comprando y vendiendo bulbos de tulipanes que siempre subían de precio. Un bulbo de la variedad “Virrey” o de la variedad “Semper Augustus” costaba entre tres mil y cuatro mil florines, que era lo que ganaba un artesano competente –un tintorero, un pintor, un relojero- en diez años de trabajo. Pero aquel día de enero corrían rumores de que los precios se estaban desinflando y el mercado se había vuelto cauteloso. Aquel jardinero tuvo la mala suerte de no enterarse de nada –o de ser un hombre temerario que no hacía caso de las habladurías- y acabó haciendo un pésimo negocio. Compró muy caro el bulbo de un tulipán y luego no pudo encontrar a nadie que quisiera comprárselo. Y lo mismo les pasó a todos los especuladores que habían comprado tulipanes con la esperanzas de venderlos al doble o al triple de precio. Nadie quiso comprárselos.


    En pocas semanas se derrumbaron los precios de los tulipanes y el Parlamento tuvo que fijar un precio de venta único. No sirvió de nada. Los precios siguieron cayendo y toda la tramoya especulativa que se había montado con los tulipanes se vino abajo. Los bulbos que costaban lo que un buen artesano ganaba en diez años de trabajo volvieron a costar lo que costaba una flor cualquiera. Y las consecuencias del estallido de la primera burbuja financiera de la historia –como contaba Zbigniew Herbert en su ensayo “Naturaleza muerta con brida”- fueron las de siempre: “Miles de fortunas arruinadas, decenas de personas sin trabajo y, para colmo, con la amenaza de un proceso. Y un aspecto que no recoge ninguna estadística: la larga lista de familias inocentes sin medios de subsistencia; niños condenados a la miseria o confiados a la caridad pública; hombres con la reputación y la dignidad destruidas”.


    Estos días me he acordado del ensayo de Herbert, cuando he leído que el Eurogrupo daba por finalizado el rescate bancario español, un rescate que se había hecho inevitable por culpa de las quiebras de algunas cajas de ahorros. Yo no sé si la gente se acuerda de las cosas, pero esa quiebra se debió a que la camarilla de políticos y sindicalistas y amiguetes que controlaba esas cajas de ahorros empezó a especular con un dinero que no era suyo y de un modo muy similar a lo que pasó en Holanda con el delirio de los tulipanes. Se regalaron créditos a gente que no podía pagarlos, se financiaron proyectos arquitectónicos extravagantes, se perdonaron deudas gigantescas a los partidos políticos (a todos, y no hay ninguno que esté libre de sospecha) y se invirtieron cantidades gigantescas en empresas constructoras que iban levantando edificios en todo solar que estuviera vacío. Todo eso ocurrió en muy poco tiempo, seis o siete años, casi el mismo que duró la fiebre de los tulipanes. Y cuando un día alguien fue a renegociar un crédito –un jardinero, quizá-, y en la caja le dijeron muy nerviosos que ya no había liquidez y que no podían renegociárselo, todo se vino abajo en unos pocos meses. Luego se nos dijo que no había que preocuparse, porque el mismo sector bancario se haría cargo del inmenso coste del rescate y ese rescate no le costaría nada ni al Estado ni a los contribuyentes, pero ahora vemos que esas promesas eran tan fraudulentas como los precios que se pagaban por los tulipanes “Virrey” o “Semper Augustus”. El rescate ha costado –de momento- 40.000 millones de euros, unos millones que vamos a tener que pagar entre todos, y que probablemente también tendrán que pagar nuestros hijos y nuestros nietos.


    Y luego viene la otra parte de la historia. Se nos ha anunciado que el rescate ha finalizado, pero nadie ha dicho nada sobre las consecuencias que ha tenido la quiebra de las cajas de ahorros. ¿Qué ha pasado con las familias arruinadas, con los niños condenados a la miseria, con los hombres con la dignidad y la reputación destruida? ¿Dónde constan todos estos daños que nadie quiere contabilizar? ¿Y quién lleva la cuenta? Porque sabemos que el rescate ha terminado, pero las familias arruinadas y los hombres con la dignidad destruida siguen todos ahí: aquí enfrente, como aquel que dice.

     

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