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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 30
    Octubre
    2012

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    Tormenta

    Escribo esto en una zona que está esperando la llegada de un huracán, al que llaman Sandy como podrían haberlo llamado Jenny, Kathy o -por qué no- Lolita. En los últimos años de su vida, Vladimir Nabokov ironizó sobre el huracán Lolita que había arrasado los Estados Unidos en 1958, cuando su novela pudo publicarse por vez primera en América sin censurar y se convirtió en un éxito inmediato, aparte de un escándalo monumental porque contaba las complejas relaciones entre un adulto y una chica de doce años. Pero ahora, cuando estoy esperando la llegada de un huracán de verdad, no le veo la gracia a la idea del huracán Lolita, o Sandy, o como diablos se le llame. En el centro de Pensilvania, donde vivo, se ha declarado el estado de emergencia. Nos han dicho que debíamos prepararnos para cortes prolongados de suministro eléctrico, graves inundaciones y quizá una gran tormenta de nieve. Ayer, todos los vecinos de nuestra calle estuvimos barriendo la hojarasca y desatascando desagües y sumideros. Por si acaso, todos tenemos preparado un equipo de emergencia: comida, linternas y agua para varios días. Algunos incluso tienen preparados sacos de dormir, botiquines, generadores eléctricos y sierras mecánicas. Gente precavida.
    Los informes meteorológicos hablan de una “tormenta nunca vista” y de “un fenómeno atmosférico sin precedentes” –un meteorólogo ingenioso la ha llamado Frankenstorm-, porque se juntan tres circunstancias que no son habituales a estas alturas del año: un huracán rezagado que llega desde el Caribe se va a encontrar en tierra firme con un frente ártico que avanza desde Canadá, y todo porque un sistema de altas presiones que se ha instalado sobre Groenlandia desviará la ruta del huracán hacia tierra adentro en vez de hacerlo hacia el océano, como suele ocurrir con los huracanes en esta parte del Atlántico. Los sádicos, o las mentes poéticas, añaden un cuarto elemento perturbador: la luna llena y los grandes cambios en las mareas, con la consiguiente posibilidad de graves tormentas marinas. En una palabra, Frankenstorm.
    Pero creo que es mucho mejor ser cautos y no dejarse llevar por el miedo ni por el histerismo. Vivimos en un mundo en el que cada dos por tres se producen acontecimientos históricos y sucesos nunca vistos, porque cada dos días se nos anuncia el partido del siglo o el atraco del siglo o el descubrimiento del siglo (un siglo, por cierto, que por ahora sólo tiene doce años de vida). Además, los mismos meteorólogos no saben muy bien lo que va a pasar, cosa normal porque la meteorología –como la vulcanología o la sismología- no es una ciencia exacta que pueda predecir los acontecimientos con exactitud. Se pueden hacer predicciones, nada más. De modo que es probable que el huracán Sandy llegue hasta aquí, pero a partir de ahí todo son conjeturas.
    Mientras escribo esto, todo está tranquilo, quizá demasiado tranquilo. No hay ni una ráfaga de viento, los pájaros parecen haber desaparecido y ni siquiera se oyen los tañidos intermitentes de los colgantes metálicos en el porche de mi vecino. Pero sé que todo el mundo está esperando en sus casas, pendiente de las noticias y mirando nervioso por la ventana. Y entonces se me ocurre que este huracán Sandy, también llamado Frankenstorm, se parece mucho a la crisis económica que padecemos, y no sólo por la angustia y la destrucción que está creando, sino porque esta crisis económica sí que es un acontecimiento que no tiene precedentes y que nunca antes se había visto, al menos en la Europa del euro. Si lo pensamos bien, ahora también se han juntado tres fenómenos que nunca se habían producido al mismo tiempo: la crisis financiera internacional, el fin de nuestro modelo productivo a causa de la globalización, y por último la pertenencia al euro, que ha alterado todos los esquemas económicos. Y a todo esto hay que añadir la terrible crisis institucional que vivimos en España, aparte de la espantosa falta de liderazgo, una circunstancia que viene a actuar como esa caprichosa luna llena que altera todas las mareas.

    Y lo que también es inaudito es la forma en que nuestra clase política se está enfrentando a esta crisis. Imaginemos que nos dijeran que Frankenstorm no es una tormenta peligrosa, sino una turbulencia pasajera que no tendrá consecuencias si nos ponemos a dieta y empezamos a vivir con una tercera parte del dinero que teníamos. Imaginemos que en vez de declarar el estado de emergencia y de tomar las mínimas medidas de protección civil, los políticos se pusieran a acusarse mutuamente de haber ocasionado la tormenta, no sabemos si usando tecnología nuclear o una calabaza llena de semillas, al modo de los chamanes indios que rezaban para traer la lluvia. E imaginemos que nadie preparase un plan de evacuación o una red de refugios para los damnificados. Pues bien, esto es lo que está ocurriendo entre nosotros. Y ésta sí que es –insisto- la tormenta perfecta.

     

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