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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 05
    Noviembre
    2013

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    Tiendas

    Hay muchas cosas de las que deberíamos estar avergonzados, pero aún conservamos unas fórmulas de convivencia social que nos retratan como seres civilizados.

    Cada vez que leo las noticias sobre el supuesto final de la crisis, recuerdo la cantidad de tiendas chinas que he visto cerrar en estos últimos tiempos, cosa que me demuestra que las cosas siguen yendo bastante mal a pesar de lo que se diga. En la avenida por la que paso cada día, por ejemplo, he visto al menos seis o siete tiendas chinas cerradas, tiendas que vi abrir hará cosa de cuatro o cinco años con gran alegría y ajetreo por parte de sus nuevos dueños, a algunos de los cuales vi subidos a una escalera mientras colocaban muy orgullosos sobre la entrada el nuevo rótulo luminoso que tal vez llevaba su nombre. Entre las tiendas que han cerrado había tiendas de alimentación, tiendas de ropa, bazares y una tienda en la que se vendían tantas cosas (peceras, maniquíes, máscaras, sacos de abono) que nunca supe cómo podría definirla.
    Pero hace poco fui a esa tienda a comprar no sé qué y me la encontré con el cierre metálico echado y los cristales llenos de manchas de pintura, esos signos ominosos que delatan el cierre de un local. Y hablo de los cierres de comercios chinos porque durante un tiempo pensábamos que iban a poder resistir mucho mejor que los demás, ya que las familias chinas parecían vivir en la misma tienda y siempre tenían abierto cuando las tiendas de al lado estaban cerradas. Por lo visto, tampoco eso les ha garantizado la supervivencia.
    El domingo pasado fui a comprar pan a una de las tiendas chinas que todavía resisten, una tienda de una mujer joven que tiene tres hijas, dos de las cuales atienden a veces a los clientes y cobran en la caja. Cuando no hay clientes, las niñas y la madre ven por el ordenador la televisión china, o se entretienen mirando la pantalla de la cámara de vigilancia que han colocado para evitar los robos (las historias de fantasmas de nuestro tiempo, se me ocurre, deberían ocurrir en esas cámaras de vigilancia que lo registran todo a todas horas). Cuando llegué a la tienda, la niña mayor estaba atendiendo el mostrador mientras su madre reponía artículos en los estantes. Y cuando yo iba a pagar, se pararon dos señoras frente a la entrada y le preguntaron a la madre si estaba bien. La mujer dejó su trabajo y salió a la puerta.
    -¿Qué? –preguntó.
    -¿Que si ya estás mejor? –le repitió una de las señoras.
    La mujer china hizo un gesto de sorpresa, como si no entendiera nada.
    -¿No has estado enferma? –preguntó la otra señora.
    La mujer china asintió con la cabeza. Estaba roja como un tomate, no sé si de emoción o de vergüenza.
    -Pues sólo queríamos saber si estabas mejor.
    A la mujer china se le iluminó la cara. No debía de estar acostumbrada a que nadie preguntase por ella o se interesase por su salud, y mucho menos unas clientas a las que quizá sólo veía de tarde en tarde.
    -Sí, sí, ya estoy bien –contestó aturullada.
    -¿Y te has tomado el paracetamol?
    -Sí, sí.
    -Bueno, pues que sigas igual de bien–dijeron las dos señoras y se fueron calle abajo.
    La mujer china volvió a entrar en la tienda. Sonreía de una forma que yo he visto muy pocas veces, como si hubiera recibido una noticia imprevista, algo que estaba convencida de que no podría suceder pero que al final había ocurrido, algo milagroso, algo inexplicable, algo que ahora le permitía creer que el mundo era un lugar maravilloso. Su hija, que estaba abstraída mirando la televisión, se dio cuenta de que estaba pasando algo raro porque se asomó a ver a su madre. Y cuando la vio sonriendo feliz, ella también se puso roja, no sé si de emoción o de vergüenza o de las dos cosas.
    Al irme de la tienda, pensé que aquella mujer china había crecido en un medio en el que muy poca gente debía de preocuparse por ella. A nadie le preocupaba si la dueña de una tienda insignificante se había tomado el paracetamol, porque a la gente sólo le interesaban el trabajo y los beneficios. Pero aquí, entre nosotros, estas formas de convivencia todavía son normales, y aunque puedan obedecer al deseo de meter las narices en la vida de los demás o a la necesidad de combatir el aburrimiento, dos desconocidas pueden preguntarle a una mujer que ha crecido en el otro extremo del mundo si se ha tomado el paracetamol. Y sí, es cierto que hay muchas cosas de las que deberíamos estar avergonzados, pero aún conservamos unas fórmulas de convivencia social que nos retratan como seres civilizados. Por cuánto tiempo, eso es lo que no sabemos.

     

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