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Eduardo Jordà


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  • 17
    Abril
    2012

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    Tiempos raros

    Vivimos tiempos muy raros. Es probable que todos tengamos la sensación de que se nos ha disparado una escopeta en el pie, aunque ninguno de nosotros recuerde haber tenido una escopeta en las manos. Y lo que es más raro aún, es muy probable que todos tengamos la sensación de que nos hemos pegado un castañazo en Botsuana mientras intentábamos cazar un elefante. Lo malo es que ninguno de nosotros sabe dónde diablos está Botsuana, y peor aún, ninguno de nosotros ha visto de cerca un elefante en los últimos quince años, al menos desde el día en que uno de nuestros adorables sobrinos se empeñó en hacernos ver Dumbo en DVD. Pero así es la vida, y ahora nos han tocado vivir tiempos muy raros. O más que raros, rarísimos.
    Los pilotos de Iberia, por ejemplo, están en huelga desde hace no se sabe cuánto tiempo, sin importarles un pimiento que muchos empleados del sector turístico dependan del transporte aéreo para continuar teniendo trabajo y así llegar a fin de mes. Pero a ellos les da igual. Cobran como mínimo diez veces más que cualquier trabajador medio de este país, y tienen un trabajo seguro, a menos que ocurra una hecatombe nuclear (que debe ser la única cláusula autorizada por su convenio laboral para el despido de un piloto), pero ellos se ponen en huelga cada lunes y cada viernes, no porque tengan que volar en aviones desastrosos ni en cafeteras volantes tan precarias como el elefantito Dumbo –que tenía que volar con las orejas–, sino porque se empeñan en aplicar a rajatabla una cláusula laboral que impide a Iberia crear una compañía de bajo coste. Y en estos tiempos de penurias, eso es algo tan incomprensible que uno se pregunta si será verdad.

    Y por cierto, ¿alguien sabe qué ha pasado con los controladores que pusieron este país patas arriba hace ahora un año y medio, en el puente de la Constitución? ¿Qué ha sido de esos cientos de controladores que se pusieron enfermos a la vez, todos a la misma hora del mismo día, como si estuvieran participando en una sesión de videncia astral? ¿Han sido estudiados por un psicólogo? ¿Han recibido alguna clase de tratamiento? ¿Han sido juzgados por sedición, desobediencia, alta traición? ¿Se les ha multado por los miles de trastornos que causaron de forma deliberada a los pasajeros? Pero lo bueno del caso es que no se sabe nada de esos controladores, así que debemos suponer que todos los que se pusieron enfermos el mismo día y a la misma hora –víctimas tal vez de un brote colectivo de virulentas alucinaciones psicóticas–, siguen gozando de buena salud física y mental y legal. Me alegro por ellos.
    Hace muchos años, un tipo pintoresco al que llamábamos Gran Hermano intentaba convencernos de que algún día conseguiría implantar la revolución socialista echando varios litros de ácido lisérgico en la red de abastecimiento de agua potable de Palma. Creo que aquel tipo soñaba con implantar la dictadura del proletariado en su variante maoísta, y como las ideas de Mao Tsé Tung tenían pocos seguidores por aquellos años (eso era a comienzos de los 70), el tipo aquel creía que sería más fácil usar la vía revolucionaria de la intoxicación psicotrópica. Y miren por dónde, a lo mejor resulta que aquel plan diabólico se ha llevado a cabo, sólo que con cuatro décadas de retraso sobre el horario previsto, como suele ocurrir a veces con las revoluciones. Así que quizá estemos viviendo ahora una prodigiosa alucinación lisérgica, esa misma que tal vez atacó a los controladores hace año y medio, durante el puente de la Constitución.

    De otro modo no se entiende que Luis de Guindos –creo que ése es el nombre del ministro de Economía– diga en una entrevista que la ciudadanía votó al PP en las últimas elecciones para imponer el brutal programa de recortes que nos están aplicando estos días. Esto tiene que ser también un delirio alucinatorio, todo pura psicodelia lisérgica. Porque yo no creo que nadie votara encantado para que le recortaran un diez por ciento el suelo y le amenazaran con hacerle pagar la Sanidad, ni tampoco para que obligaran a los profesores a meter 40 alumnos en una clase. Pues no, el ministro no debería equivocarse. La gente votó al PP no porque estuviera encantada con su programa de reformas, que en muchos casos ni siquiera se conocían el día de las elecciones. La ciudadanía votó al PP para mandar de vuelta a casa al anterior presidente del gobierno, que había demostrado una exquisita torpeza a la hora de enfrentarse a la crisis: una torpeza tan exquisita, por cierto, como la que ahora demuestran tener el ministro De Guindos y sus colegas de gobierno. Y si el ministro de Economía se cree que la gente votó recortes brutales en todas las áreas, se está comportando con la misma irresponsabilidad que demuestran tener los pilotos de Iberia que se ponen en huelga por un problema administrativo muy menor.
    Y ya para acabar, no convendría olvidar en estos tiempos, ahora que todo el mundo parece haberse vuelto republicano, que una República puede tener presidentes como Juan Domingo Perón. O como su admiradora Cristina Fernández de Kirchner.

     

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