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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 04
    Diciembre
    2012

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    Taxi

    Aquel taxista de Níger sabía que en América nadie le regalaba nada a nadie. Tendría que pagar su asistencia sanitaria, su jubilación y también la enseñanza universitaria de sus hijos, si es que conseguía mandarlos a un “college”. Pero Joseph también sabía que vivía mil veces mejor que en Níger.

    Hace dos sábados volvía en tren desde Nueva York a la pequeña ciudad universitaria en la que ahora vivo en Pensilvania. Por alguna extraña razón, el sábado no había servicio de autobús entre la estación de tren y la ciudad. Como no tengo coche, y hacía un frío de perros, y además mi casa está bastante lejos, no me quedó más remedio que coger un taxi. El conductor era un negro muy simpático que hablaba un inglés vacilante. Resultó ser un inmigrante de Níger que sólo llevaba cuatro años en América.
    Joseph había nacido en uno de los países más pobres del mundo, y quizá sólo había recibido una educación precaria en una modesta escuela coránica perdida en el desierto, pero sus conocimientos sobre lo que ocurría en el mundo era muy buenos. Cuando Joseph se enteró de que yo era español, exhibió una sonrisa de superioridad: “Están mal las cosas por ahí, ¿eh?”, dijo, y luego comentó que también iban mal en Francia, donde tenía parientes. “Europa está muy bien para vivir, te dan educación gratis, sanidad gratis, ayudas gratis, pero…” Ahí Joseph interrumpió la frase y miró un rato el paisaje por el que circulábamos: las granjas aisladas, los prados con vacas, los grandes bosques desnudos de la Pensilvania invernal. Me intrigó mucho aquel “pero” con que Joseph había dejado interrumpida su frase. Intenté hacer un comentario para que el taxista terminara la frase. Pero Joseph sólo se encogió de hombros. “C´est fini, maintenant”, dijo de repente en su francés nativo. Y lo dijo con lástima, como si estuviera diciendo adiós a un hermoso paisaje que no iba a volver a ver nunca más, pero al mismo tiempo lo decía con orgullo, como si también supiera que al menos había tenido la suerte de verlo una sola vez en su vida, aunque sólo fuera por sus parientes que habían emigrado a Francia y habían podido disfrutar de todo aquello que él no había conocido, pero de lo que al menos había oído hablar: sanidad gratis, educación gratis, ayudas gratis…
    Luego hablamos de Estados Unidos. Joseph sabía que en su país de acogida nadie le regalaba nada a nadie. Tendría que pagar su asistencia sanitaria, su jubilación y también la enseñanza universitaria de sus hijos, si es que conseguía mandarlos a un “college”. Pero Joseph también sabía que vivía mil veces mejor que en Níger, donde tendría que estar conduciendo un autocar o un taxi destartalado por un sueldo de miseria que no le serviría ni para pagar el alquiler. Joseph no se hacía demasiadas ilusiones, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera para salir adelante. Tenía planes para irse a vivir a Nueva York. “Allí la vida es dura, mucho más dura que aquí, pero hay más oportunidades”, dijo, y volvió a mirar por la ventana los árboles desnudos que flanqueaban la carretera.

    En aquel momento recordé a la familia guatemalteca que tenía la tienda de alimentación donde yo había hecho las compras mientras pasaba unos días en Manhattan. Una familia indígena de cinco miembros que trabajaba desde primera hora de la mañana hasta última hora de la noche, sin parar, domingos incluidos, pero que había conseguido montar un negocio próspero en una buena zona de la ciudad. En su país de origen serían basura sin derecho a abrir la boca, pero en Estados Unidos eran ciudadanos respetables que algún día mandarían a sus hijos a la universidad y podrían comprarse una casa de dos plantas con jardín. Y luego pensé en los miles y miles de inmigrantes que había visto trabajando en Manhattan: albañiles centroamericanos, taxistas haitianos, porteros egipcios, estibadores de Europa Oriental, comerciantes hindúes, camareros armenios… Era cierto que tenían que trabajar como bestias y que nadie les regalaba nada, pero en América habían encontrado un trabajo y la esperanza de mejorar de vida, y lo que quizá era más importante de todo: la certeza, por primera vez en sus vidas, de que eran seres útiles que no estaban condenados a repetir las mismas historias de fracasos y de renuncias que sus antepasados habían tenido que soportar durante generaciones y generaciones.
    Joseph se empeñó en llevarme hasta mi casa. Cuando nos despedimos, me estrechó la mano, y noté que había afecto y comprensión en aquel gesto, y entonces recordé la definición del socialismo democrático que George Orwell escribió en algún sitio, en el invierno de 1938, cuando pasaba unos meses en Marrakech para recuperarse de la herida en el cuello que había recibido cuando luchaba con los republicanos en la guerra civil española: “Una vida decente para la gente decente”. Miré un segundo a Joseph, y tuve la certeza de encontrarme ante una persona decente que se merecía una vida decente, y le de-seé buena suerte, y él me la deseó a mí.

     

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