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Eduardo Jordà


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  • 10
    Febrero
    2014

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    Stalker

    En principio parece que un ‘stalker’ -un acosador, o quizá sería mejor traducirlo como “alguien que siempre está al acecho”- sólo se obsesiona con famosos, pero no siempre es así.

    Hay una foto en la que John Lennon le está firmando su álbum Double Fantasy a un fan que sonríe mientras mira con atención a su ídolo. La foto se tomó en la entrada del edificio Dakota, en Nueva York, donde vivía Lennon, un día de diciembre de 1980. El fan se llamaba –se llama- Mark Chapman. Cuando Lennon se despidió estrechándole la mano y se fue a una sesión de grabación, Chapman tiró el disco y quiso regresar a su hotel, pero algo se lo impidió. Empezó a pensar que Lennon sabía adónde iban los patos de Central Park en invierno –un motivo recurrente de la novela de Salinger El guardián entre el centeno-, así que se quedó a esperar que Lennon volviera a su casa y le aclarase aquella incógnita.

    Cuando el músico regresó, a eso de las once de la noche, Chapman se metió en el túnel de entrada al edificio Dakota. Yoko Ono entró la primera y Lennon la seguía un poco rezagado. Justo cuando Lennon pasaba ante él, Chapman le disparó cinco tiros por la espalda. ¿Por qué? Porque Lennon sabía adónde iban los patos, cosa que no sabía Chapman ni tampoco sabía el protagonista de El guardián entre el centeno. Sólo que Chapman no le preguntó nada y se limitó a dispararle cinco veces. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Lo único que se sabe con seguridad es que Chapman había actuado como lo que en Estados Unidos llaman un stalker, un acosador, o quizá sería mejor traducirlo como “alguien que siempre está al acecho”.

    Porque Chapman, que no estaba muy bien de la cabeza, llevaba años obsesionado con Lennon y con la novela de Salinger. En una ocasión había intentado suicidarse con los gases del tubo de escape de su coche. Decía que hablaba con “gente muy pequeña” que vivía en las paredes de su habitación. Cuando era adolescente se había hecho cristiano renacido y había trabajado con niños vietnamitas refugiados, pero por alguna razón nunca duraba mucho en un mismo trabajo. Había sido vigilante, conserje de noche y empleado de hospital, aunque siempre terminaba despedido a las pocas semanas. Los forenses determinaron que sufría accesos psicóticos y trastornos de personalidad. Fue condenado a un mínimo de veinte años de prisión y un máximo de reclusión perpetua. Hace unos años, Yoko Ono se negó a concederle la libertad condicional. El disco que Lennon le firmó, y que Chapman tiró al suelo muy poco tiempo después, apareció en un contenedor de basura y fue subastado hace tres años por una bonita cifra: 525.000 dólares. Y a todo esto, seguimos sin saber a dónde emigran en invierno los patos de Central Park. Si Lennon lo sabía, no tuvo tiempo de revelarlo. 

    Un stalker, alguien que está al acecho, eso era Mark Chapman, y eso mismo, o algo muy parecido, debía de ser la mujer que quiso matar a la esposa del periodista deportivo Paco González, aunque en este caso parece haber un elemento sentimental que no existía en el caso de Chapman. En principio parece que un stalker se obsesiona sólo con los famosos, pero no siempre es así. Una profesora de un college americano me contó la historia –terrorífica- de una alumna a la que perseguía un camarero de una pizzería que se había enamorado de ella, o que creía haberse enamorado de ella, y le hacía llamadas a todas horas y la seguía y la esperaba a la salida de su casa y no la dejaba ni a sol ni a sombra. La chica ya no sabía qué hacer, porque es muy difícil que la policía actúe contra alguien que no ha hecho nada “todavía” (eso fue lo que le dijo el sheriff). Y aunque un juez le impuso a aquel hombre medidas de alejamiento, el tipo seguía persiguiendo a la chica y seguía amenazándola. Al final la chica se tuvo que ir de aquella pequeña ciudad donde todo el mundo se conocía y donde aparentemente nunca pasaba nada. Pero uno se pregunta hasta qué punto es posible esquivar a alguien que está obsesionado contigo, por mucho que quieras ocultar tu identidad y no llamar la atención. Hoy en día todos dejamos docenas de indicios –voluntarios e involuntarios- de nuestra presencia y de nuestra actividad, así que tarde o temprano es muy fácil dar con nosotros.

    Y eso que Chapman y compañía pertenecen a la especie de los stalkers que tienen que hacer su trabajo, por así decir, en la clandestinidad. Porque luego tenemos los stalkers que nos persiguen a todas horas y nos llaman a casa para hacernos ofertas comerciales, y los que nos mandan publicidad encubierta a nuestra cuenta de correo o nos marean con chistes y bromas y comentarios que maldita la gracia que tienen. Y eso sin olvidar a los stalkers mejor situados –bancarios y fiscales- que saben perseguirnos y acecharnos para que paguemos hasta el último céntimo. Y a todo esto, sin decirnos siquiera a dónde van los patos de Central Park en invierno.

     

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