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Eduardo Jordà


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  • 09
    Diciembre
    2013

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    ¿Sacrificios compartidos?

    Si Rajoy creía que el Estado del Bienestar era un logro irrenunciable, debería haberlo dicho desde el primer momento

    En 1941, cuando las bombas alemanas caían sobre Londres y los obreros que no habían sido movilizados tenían que trabajar muchas horas más por el mismo sueldo (bajísimo), George Orwell se encontró un anuncio en un periódico solicitando un mayordomo. Y lo que sorprendió a Orwell no fue el anuncio en sí, porque Orwell sabía muy bien cómo vivía la aristocracia británica y cuáles eran sus privilegios, sino que nadie se hubiera tomado la molestia de censurar aquel anuncio cuando muchos londinenses tenían que dormir en los túneles del metro y además estaban obligados a subsistir con los productos básicos racionados y casi sin carne ni azúcar ni café. ¿Cómo era posible que nadie hubiera caído en la cuenta de la vergüenza social que suponía aquella solicitud de un mayordomo? ¿Quién podía exigir sacrificios indecibles a la población cuando había gente que aún se permitía tener un mayordomo? ¿Es que nadie había aprendido la lección? Por lo visto estaba claro que no. Una minoría de privilegiados seguía viviendo en una burbuja ajena a las penalidades y a los sacrificios que sufrían los demás, mientras seguía preocupándose por las menudencias de su vida diaria: el mayordomo que hacía falta para completar el servicio de la casa, los caballos que iban a correr en la carrera de las mil guineas, el partido de críquet del domingo y cosas así.

    Me he acordado del anuncio del mayordomo cuando he leído la última entrevista con Mariano Rajoy. Ahora resulta que el Estado del Bienestar le parece un logro irrenunciable, pero el presidente del Gobierno ha tardado dos años en decirlo, y mientras tanto ha aplicado una política de recortes brutales que nunca ha explicado bien y que a muchos de nosotros nos ha parecido un ataque indiscriminado contra ese mismo Estado del Bienestar que ahora dice defender. Y que conste que cualquier persona con dos dedos de frente debería saber que el Estado del Bienestar, tanto en España como en Europa, necesita reformas urgentes porque es insostenible a largo plazo en un continente que tiene la demografía en contra y que ha padecido la deslocalización industrial y el hundimiento de la economía productiva. Eso es indudable, y hay que ser un ingenio o un iluso —o un tonto— para exigir que todo se mantenga igual sin hacer nada para apuntalar un edificio que es viejo y muy costoso y que necesita reformas urgentes. La izquierda que vive en Jauja o en la inopia no se ha enterado o no quiere enterarse, pero las reformas son imprescindibles. Ahora bien, si Rajoy creía que el Estado del Bienestar era un logro irrenunciable, debería haberlo dicho desde el primer momento, cosa que desde luego no han hecho ni él ni sus ministros, o si lo han hecho, ha sido de mala gana y con torpeza o confusión o incluso vergüenza.

    Pero el problema no es sólo ése. Rajoy dice que el Estado del Bienestar es irrenunciable, pero también dice en esa entrevista que hay que ganar menos para asegurar el empleo, y ahí es donde yo ya empiezo a ver doble, o triple, no lo sé. Todo eso de reducirnos el sueldo sería razonable, o al menos admisible, si los sacrificios fueran compartidos y también se hubiera obligado a ganar menos a políticos y a ex-ministros, sin olvidar a los altos ejecutivos bancarios que están haciendo su agosto con el dinero casi gratis que les presta el Banco Central Europeo. Pero nadie ha hablado de subir los impuestos a las rentas más altas, ni de limitar los beneficios de los que ganan cantidades obscenas (y muchas veces pagadas con dinero público), ni de imponer unas mínimas normas de equidad a los que viven en la misma burbuja en la que vivían los aristócratas británicos que buscaban un mayordomo cuando las bombas caían sobre Londres. Para nada. Porque el gobierno de Rajoy ha hecho justo lo contrario: ha echado a los técnicos de Hacienda que amenazaban con inspeccionar a los poderosos, y en todo momento ha procurado mantener los privilegios de la casta política y empresarial y sindical. Y eso, se mire como se mire, es un error y también un insulto. O sea, que muchos vamos a seguir creyendo que Rajoy sólo gobierna para los pocos privilegiados que todavía pueden permitirse el lujo de buscar un mayordomo.

     

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