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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 28
    Febrero
    2012

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    Saber o no saber

    El caso Urdangarín, aparte de su dimensión social y política, tiene un trasfondo humano que lo hace aún más interesante de lo que ya es de por sí. Porque este caso, dejando aparte sus implicaciones políticas, nos permite hacernos preguntas sobre el funcionamiento de una pareja, ese biotopo humano que tiene unas leyes internas tan misteriosas como las que rigen el comportamiento de las partículas subatómicas. Y las preguntas que nos plantea todo el asunto son fascinantes. ¿Qué sabemos en realidad de las personas que amamos? ¿Y qué queremos saber acerca de las personas que viven con nosotros? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a cerrar los ojos sobre esa persona? ¿Y hasta dónde somos capaces de llegar cuando se trata de un caso comprometedor? 

    Lo digo porque es imposible vivir con otra persona con una certeza absoluta sobre lo que esa persona hace o ha hecho en el pasado. Y al mismo tiempo, es imposible vivir con esa otra persona sin descubrir determinadas cosas que cualquiera, hasta la persona más simple del mundo, tiene que llegar a intuir alguna vez. Una infidelidad, un dinero que no sabemos de dónde sale, un súbito cambio de actitud ante la forma de enfrentarse a la vida: todo eso es muy difícil de ignorar, por muy crédula o ingenua que sea la otra parte de la pareja. A menudo preferimos dejarnos engañar sobre esas cosas que ha hecho nuestra pareja, y al final acabamos creyendo que son cosas que jamás han sucedido, pero sólo se trata de un engaño que nos hacemos a nosotros mismos y que durará lo que pueda mantenerse en pie. De hecho, estar enamorado significa estar ciego, o al menos estar ciego de una forma parcial. O sea que vuelvo a las mismas preguntas, unas preguntas que de algún modo todos nos hemos formulado durante estos días: ¿hasta qué punto nos dejamos engañar por una persona a la que queremos? ¿Y dónde termina el amor verdadero y empieza el interés personal? ¿Y en qué momento el interés económico, o la simple codicia, pueden transformarse en una razón sólida para querer aún más a la persona que vive con nosotros? 
     
    El caso de Urdangarín se hace doblemente fascinante porque no sólo afecta a una pareja, sino a una familia entera, incluidas todas sus ramificaciones políticas, con su entramado de intereses enfrentados y de afectos comunes, y con su red insalvable de recelos y de alianzas coyunturales que a veces actúan de una forma y otras veces de otra, y con todo el caudal de injusticias y agravios y favoritismos que toda familia acumula a lo largo del tiempo y que nadie sabe cómo pueden llegar a interferir. Y da igual que esa familia sea real (de reyes, se entiende) o de plebeyos, de ricos o de pobres, de burgueses o de proletarios, porque hay una dinámica interna que casi siempre se manifiesta de la misma forma cuando se trata de una familia. Y lo que hace tan atractivo este caso es que tiene un lado sórdido de codicia y desvergüenza y falta de escrúpulos, pero también tiene un lado hermoso –o a mí me lo parece- de amor y de afecto y de lealtad. 
     
    Porque aquí se está juzgando a un hombre, pero ese hombre tiene una mujer que parece que le quiere (y también parece que él la quiere a ella). Y luego hay una madre que quiere proteger a una hija que sufre, y que también quiere proteger a un yerno al que adora casi tanto como su propia hija. Y ahí no termina todo, porque también intervienen un cuñado y su mujer que tienen intereses contrapuestos, unos intereses que podríamos llamar políticos aunque también son familiares. Y por encima de todo, hay un padre que también tiene intereses distintos a los de su yerno y su hija, y esos intereses le llevan a aliarse con su hijo y su nuera frente a su hija y su yerno. Y al final todas estas personas deben actuar protegiendo los intereses comunes de la familia, al mismo tiempo que cada una defiende sus propios intereses individuales. Y eso hace que una mera investigación judicial esté cobrando la dimensión de una tragedia griega.
    Los griegos inventaron el concepto de “hybris” para definir la conducta suicida de alguien que se dejaba cegar por la excesiva confianza en sí mismo. Es evidente que en este caso hubo un exceso de “hybris” por parte de Urdangarín, pero también hubo algo más. ¿Sabía la infanta o no sabía? ¿Cerró o no cerró los ojos? ¿Estuvo en condiciones de averiguar la verdad o prefirió hacer como que no sabía nada? Y si sabía, ¿por qué prefirió callar? Son preguntas que quizá nunca llegaremos a contestar. O que quizá sea mejor que nunca podamos llegar a contestar.

     

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