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Eduardo Jordà


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  • 15
    Octubre
    2013

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    Rosselló-Pòrcel en alta mar

    Hace años, en la sede del Instituto Cervantes de Palermo, Emili Manzano leyó una versión al italiano del que sin duda es el mejor poema de Roselló-Pòrcel, “A Mallorca  durant la guerra civil”, el poema que escribió en Barcelona en septiembre del 37, justo cuando hacía un año y pico que había empezado la guerra

    Hace poco, en el volumen que Xavier Abraham y Pere Rosselló Bover le dedicaron al poeta Bartomeu Rosselló-Pòrcel (“A la llum”, editado por el ayuntamiento de Palma en 1999), y que viene a ser lo más parecido a una biografía que existe sobre el poeta palmesano –el mejor poeta mallorquín, creo yo, aunque los poetas no son atletas con récords olímpicos de ninguna clase-, encontré una serie de documentos que no me resisto a enumerar aquí. Hay, por ejemplo, una foto de Rosselló-Pòrcel subido a la rueda del timón, en la cubierta del barco “Ciudad de Cádiz”, cuando Rosselló y otros universitarios, en junio de 1933, hicieron un viaje por el Mediterráneo Oriental, con escalas en Grecia, Turquía, Palestina y Egipto. Rosselló está con sus amigas Amalia Tineo y Mercè Montañola, que fueron también amigas de Salvador Espriu, y cuando uno ve esa foto, en la que todo trasmite alegría, uno no puede dejar de lamentar que se fuera al garete aquella España que simbolizaban Rosselló-Pòrcel y sus compañeros de viaje, entre los que estaban el filósofo Julián Marías, el historiador Jaume Vicens Vives, el mismo Espriu o esas mujeres que fueron profesoras universitarias y por vez primera en la historia tuvieron voz propia y pudieron ejercer su talento, porque tres años después de hacerse la foto empezó la guerra civil y todo lo que aquel grupo de universitarios representaba –la modernidad, la educación, un talante liberal, el respeto mutuo- se fue a pique en menos de dos semanas.

    En el libro de Abraham y Pere Rosselló también se pueden ver las lecturas de Rosselló, un chico humilde del Puig de Sant Pere de Palma que estudió en el Instituto –donde tuvo de profesor a Gabriel Alomar-, pero que pudo alcanzar una educación de una calidad que hoy en día parece inimaginable. Rosselló, por ejemplo, leyó el “Ulises” de Joyce (¡en francés!) en el verano de 1936, igual que leyó a Proust un poco antes, ya que él mismo redactaba unas notas en las que consignaba todos los libros que leía. También sabemos cómo le gustaría que fuese su estudio de trabajo, porque él mismo hizo un boceto con todas sus exigencias (persianas alemanas, dos sillones comodísimos, ventanas grandes, la máquina de escribir a la izquierda del escritorio), un estudio que por desgracia no pudo llegar a disfrutar porque nunca tuvo casa propia, y justo cuando podría haberla tenido, porque se había presentado en Madrid a las oposiciones para ser profesor de instituto, estalló la guerra civil y todos los sueños de modernidad y de confort se fueron a freír espárragos. Y casi un año y medio después Rosselló murió en el sanatorio del Brull, en el Montseny, cuando aún era muy joven –sólo tenía veinticuatro años- y tuvo que ser ingresado de urgencia porque se le acababa de diagnosticar una tuberculosis. Al sanatorio llegó con muy pocas pertenencias (un reloj, dos mantas, un albornoz, un tarro de miel, una corbata, un termo), y sólo pasó seis días allí, ya que murió el 5 de enero de 1938, en medio de una ola de frío que heló los lagos e hizo agotar las existencias de leña en toda la comarca. En un certificado constan los nombres de las tres mujeres que le atendieron a en sus últimos días de vida. Se llamaban Assumpció Farré, Rosa Claramunt y Delfina Mir. También sabemos lo que costó el ataúd (338 pesetas) y el nicho en el cementerio (200 pesetas). Todo eso lo tuvo que pagar la Residencia de Estudiantes de Barcelona, que fue su único domicilio más o menos fijo.

    Hace años, en la sede del  instituto Cervantes de Palermo, Emili Manzano leyó una versión al italiano del que sin duda es el mejor poema de Rosselló-Pòrcel, “A Mallorca durant la guerra civil”, el poema que escribió en Barcelona, en septiembre del 37, justo cuando hacía un año y pico que había empezado la guerra. Antes de la lectura, Emili y yo repasamos el poema, y en aquel momento descubrí su mecánica secreta. El poema estaba empapado de tristeza, pero a pesar de todo, y a pesar de la distancia física y anímica que le separaba de todo lo que amaba, Rosselló-Pòrcel supo introducir en su evocación de la isla perdida la misma brisa y el mismo color azul que anegaba la cubierta del “Ciudad de Cádiz” en aquel mes de junio de 1933, cuando el poeta mallorquín –y con él lo mejor de aquella España que se perdió para siempre- zarpaban rumbo al Mediterráneo oriental porque los sueños, o así creían ellos, algún día podían cumplirse.

     

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