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Eduardo Jordà


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  • 06
    Marzo
    2012

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    Por favor, venid todos y todas

    ¿Es sexista el lenguaje? ¿Puede discriminar un idioma a las mujeres? ¿Es posible que una frase como “todos los hombres son iguales” condene a las mujeres a no ser iguales? Aunque parezca mentira, hay gente que cree que sí, y esa gente ocupa cargos importantes en la judicatura y en la universidad y en la política (y no hablemos ya en los sindicatos). He leído en “El País” que una jurista se indignó porque una maestra decía en su clase: “Ahora poneos a cantar todos”, ya que lo correcto debería ser que esa maestra diferenciase en sus clases a niños y niñas, más o menos así: “Ahora, niños y niñas, poneos a cantar todos y todas”. He aquí una muestra de los estragos a los que puede llegar la obsesión por el lenguaje políticamente correcto, esa “neolengua” que pretende defender a las minorías marginadas –mujeres, discapacitados, inmigrantes, sectores sociales excluidos-, pero que en realidad lo único que hace es construir frases redundantes y estúpidas y horriblemente feas.

    Y lo bueno del caso es que esta obsesión enfermiza por el lenguaje no sirve de nada. La verdadera “visualización” de la mujer –si lo decimos en la “neolengua” de lo políticamente correcto- llegará con salarios idénticos a los varones, y con bajas anuales por maternidad, y con guarderías gratuitas abiertas desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, y que cuenten además con comedor y servicios médicos. Eso es lo importante. Porque cualquiera que haya trabajado en una oficina sabe que la mitad del horario laboral de una mujer con hijos pequeños se pierde en llamadas a casa para consultar con abuelas o cuidadoras si ya le ha bajado la fiebre al niño, o si ya ha comido o si ya lo han llevado al médico. Y la verdad, no creo que a esa madre trabajadora le importe mucho nuestro arcaico lenguaje sexista. Lo que a ella le preocupa son los horarios de los ambulatorios y comedores escolares, que jamás suelen ser compatibles con sus propios horarios laborales. Y no, no, por favor, no vengamos ahora con que los hombres –perdón, los varones- cumplimos con nuestro cometido como padres responsables y comprensivos. Porque eso no es verdad en absoluto. Por cada uno que lo hace, hay cincuenta o cien que se escaquean con sus hijos. O nos escaqueamos, mejor dicho.
    Y ni siquiera estoy muy seguro de que las feministas radicales hagan bien las cosas. Conozco el caso de una feminista que se pasaba horas y horas en reuniones para conseguir “visibilizar” a la mujer, pero que tenía tan abandonada a su hija de 17 años, a la que apenas había escuchado o mirado en su vida, que ésta acabó enamorándose de un macarra cocainómano que le pegaba y se las hacía pasar canutas, por pija y por ingenua (la lucha de clases en su vertiente sentimental ha sido muy poco tratada en el cine o en la novela española: nunca la verán reflejada en una película de Almodóvar, por ejemplo). Me pregunto si no hubiera sido mejor que la madre se ocupase un poco más de su hija adolescente, en vez de concentrar todas sus energías en acabar con el lenguaje sexista.

    El lenguaje humano es una construcción intelectual que se ha ido haciendo a lo largo de millones de años. Si tenemos “La Ilíada” o los sonetos de Shakespeare, es porque hemos aprendido a manejar las palabras con sumo cuidado. Nada es gratuito en el lenguaje, porque ha llevado miles de años encontrar la fórmula más sencilla para conseguir el máximo posible de comunicación. Imagino el momento jubiloso en que dos homínidos, hace quizá quinientos mil años –o un millón-, lograron establecer su primera conversación, ese breve intercambio de sonidos guturales que los dos estuvieron en condiciones de entender. Uno de ellos gritó de repente “cuidado”, o “corre”, o “dame eso”, o “mira allí”, y el otro, en vez de contestar con un simple gesto o una mueca, le replicó “sí”, otro sonido articulado, otra palabra, otro trueno en medio de un cielo sin nubes, otro milagro. Y para que fuese posible ese intercambio de palabras, fueron necesarios miles de años de evolución y desarrollo cognitivo, miles de años de tentativas, miles de años de descubrimientos. Así que “Vamos a jugar todos juntos” no es una imposición machista de un lenguaje discriminatorio para la mujer, como creen algunas feministas y algunos partidarios de la corrección política. Es un logro milagroso del intelecto humano. Una maravilla de concisión y economía. Y nadie debería destruirla.

     

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